Derribo de la memoria obrera y colonial
Las regiones donde se asientan los grandes polos industriales tienen una deuda con sus colonias energéticas, con todo el país
Ni un mes ha transcurrido del derribo de las dos chimeneas de Compostilla II. Poco ruido para dos colosos de 270 y 290 metros más allá de alguna voz discrepante y el que pudo hacer la detonación de la dinamita. Lo curioso de este silencio es que lo cubre todo, un silencio tremendamente pragmático que busca la amnesia. Un silencio que puso sobre los hombros de quienes pretendían conservar uno de los mayores monumentos del desarrollo económico e industrial de España la carga de la argumentación que realmente correspondía a quienes promovieron o apoyaron su voladura. Lo que resulta aún más curioso es que el silencio se impuso tomando sin adornos el dictado de Roma (Enel), con el beneplácito del Gobierno: cuesta mucho mantenerlas y ya no sirven para nada. A lo que desde el Bierzo se añadió: olvidémonos, hay que mirar hacia delante. Una mentalidad utilitarista propia de una antigua región proveedora de materias primas, su incineración in situ y la exportación de electricidad, con todo su valor añadido, en beneficio del desarrollo industrial de metrópolis lejanas: Madrid, Bilbao y Barcelona, mientras se asumía el coste de sus pasivos, tanto medioambientales como de salud pública, a cambio de empleo como mano de obra. Una mentalidad de colonialismo interno reflejado incluso en la asimilación cultural de nuestras administraciones por parte de multinacionales e intereses extranjeros que les ha permitido dinamitar nuestra memoria y una prueba colosal de la deuda histórica con el noroeste sin ninguna objeción ni exigencia o ni tan siquiera súplica.
Da la impresión de que a pocos les ha importado, prácticamente a nadie. No ha existido una defensa del legado histórico ni identitario ni de reconocimiento de la memoria al sacrificio de las clases obreras y populares que han levantado un país (esa memoria de la que parece que nadie quiere hablar), no importó la voladura del patrimonio porque no se le construyó ni reivindicó ningún tipo de valor desde nuestras propias administraciones o agentes culturales. Nada. Se las vio caer en toda España, por unos segundos, quizá con un poco de morbo y sin tan siquiera aprovechar la ocasión para agitar un poco la conciencia de las lejanas metrópolis donde se acumula toda la riqueza. Si a ellos no les importa —pensarían en Barcelona, Bilbao o Madrid—, ¿qué nos va a importar a nosotros? Lo del carbón suena a viejuno y desgastado, hasta diría que cansino. ¡Otra vez a vueltas con la minería! Como si su historia se redujese al último periodo de desmantelamiento industrial y su inevitable conflicto obrero, organizado y con sindicatos que aún se podían llamar de clase. Pero su historia es mucho más larga. Endesa nació en Ponferrada en 1944. Allí comenzó nuestra soberanía energética permitiendo a España sobrevivir a la autarquía y será a partir de los sesenta cuando se construye Compostilla II. El fin del aislamiento facilita la importación de petróleo, sin embargo, la Central Térmica garantizará el ininterrumpido suministro eléctrico manteniendo nuestro crecimiento industrial a pesar de la falta de producción hidroeléctrica, en tiempos de sequía, o de las crisis internacionales como la del petróleo de 1973. Madrid y Barcelona experimentan un crecimiento de capital y clases medias sin precedentes, mientras al Bierzo se le mantiene sujeto en su aislamiento geográfico. El lazo ferroviario del Manzanal, su pésima comunicación, no fue solo debido a razones económicas sino a toda una política de Estado. No se podía permitir que la batería eléctrica que garantizaba el crecimiento de la industria se perdiera apostando por unas comunicaciones que facilitaran su diversificación o la exportación más rentable de minerales. Nuestro destino se fijó como un negro monocultivo sin otra finalidad que dar de comer a la caldera de Compostilla. Hoy nuestro aislamiento impide que nos conformemos como un nodo logístico, un puerto seco natural que por su situación comunicaría todo la actividad industrial del noroeste, la otra gran perdedora frente al nunca satisfecho corredor mediterráneo: Barcelona, Valencia… La OPA de Endesa fue un claro ejemplo del dominio de todo el país por parte de algunas burguesías territoriales a través de los partidos políticos. Los coches de la multinacional Enel por las carreteras del Bierzo, sustituyendo a los de la antigua nacional eléctrica, nos recuerdan como la pelea de la burguesía catalana, a través del PSC-PSOE (el orden está escrito a propósito), contra la burguesía madrileña pueden llegar incluso a poner en manos extranjeras (Italia) las decisiones sobre nuestro propio patrimonio y territorio: no podemos olvidar que los terrenos de Endesa se obtuvieron a través de la expropiación forzosa. Han derribado dos monumentos del milagro industrial y han liquidado el mayor símbolo de nuestra identidad obrera. La transición energética hacia las renovables es necesaria, pero debe ser justa. Por eso, no se nos puede excluir del crecimiento económico. Las regiones donde se asientan los grandes polos industriales tienen una deuda con sus colonias energéticas, realmente con todo el territorio del país, ya sea minero o agroalimentario. El progreso nunca fue neutral y los hijos del carbón (de todas las cuencas de España), no podemos permitir que traten de imponernos el olvido, borrándonos como a una huella negra y sucia, incompatible con los grandes discursos de lo verde y las renovables.