Matías González

Sociólogo

Cuba, la volveremos a perder

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Aquella herida que en 1898 desgarró el costado de España, dejándonos el alma en carne viva y el orgullo hundido en las aguas de Santiago, no fue una cicatriz final, sino el preludio de una amputación todavía más dolorosa. Hoy, en este fatídico 2026, asistimos con una mezcla de náusea y parálisis al segundo acto de nuestra mayor calamidad transatlántica. Cuba, la joya más brillante del extinto imperio hispano, se nos escurre entre los dedos por segunda vez, y esta vez la pérdida no será de mapas o aduanas, sino de la propia esencia que nos hizo un solo pueblo durante cinco siglos.

Es cierto —dirán los los burócratas de la corrección política— que las circunstancias han cambiado. En 1898, el Reino de España entregó la soberanía política, arriando una bandera que ya no podía sostener frente al ímpetu del acorazado yanqui. Pero lo que hoy estamos perpetrando es un crimen de lesa patria mucho más profundo: estamos permitiendo el colapso final de la filiación cultural. No perdemos un territorio; perdemos una teología compartida, una lengua que es música del alma, una idiosincrasia forjada en el barro de España y el sol del Caribe. ¿Quiénes son los responsables de esta entrega? La mirada debe dirigirse, ácida y acusatoria, hacia los despachos de Madrid. El Gobierno de España, con una dejación de funciones que raya en la traición histórica, ha observado el colapso del régimen castrista no con la altura de miras de una antigua metrópoli responsable de su estirpe, sino con la complacencia del cómplice. Especialmente sangrante ha sido el papel de los gobiernos del PSOE, que durante décadas han preferido el aplauso galante a la tiranía antes que el compromiso con la libertad del pueblo cubano. Han bailado sobre las cenizas de una Cuba en ruinas, legitimando un sistema comunista que solo ha repartido miseria, mientras España, que debió ser el faro y guía de una transición razonable y profundamente hispana, se dedicaba a mirar hacia otro lado o, peor aún, a alimentar el delirio de los opresores. Su «neutralidad» no ha sido más que una alfombra roja para el desenlace que ya se vislumbra: el colapso definitivo de un régimen podrido que dejará tras de sí un vacío absoluto. Y en ese vacío, no será la madre España quien acuda a restañar las heridas, sino la hegemonía avasalladora de los Estados Unidos. El destino que le aguarda a la Cuba de 2026 es la sombra triste de Puerto Rico. Lo que siglos de historia, credo y lengua no pudieron destruir, lo destruirá el pragmatismo despiadado del norte y la orfandad a la que hemos condenado a la isla. Estamos a las puertas de ver cómo el inglés devora al castellano en las calles de La Habana, cómo la teología del consumo sustituye a nuestros vínculos espirituales y cómo la memoria de cinco siglos se disuelve en una amnesia colectiva bajo la bota cultural anglosajona. Perderemos los vínculos emocionales que sobrevivieron a guerras y bloqueos, pero que no sobrevivirán a la irrelevancia de una España que ha renunciado a su misión en el mundo. Es una ignominia que, mientras el régimen se desmorona en su propia inmundicia, el Gobierno de España siga instalado en la retórica vacía, contribuyendo con su apoyo indirecto al desastre que se avecina. No han querido ser los arquitectos de una Cuba libre e hispana; prefirieron ser los enterradores de una herencia que no les pertenece, porque es de todos los que hablamos y soñamos en español. El veredicto de la historia será implacable. Si en el 98 fuimos víctimas de nuestra debilidad militar, en este 2026 somos víctimas de nuestra propia cobardía moral. Cuba se va. Se la llevan. Y España, una vez más, se queda mirando el horizonte, con las manos vacías y la lengua muda, viendo cómo se apaga la última luz de su sol en el Caribe. La volveremos a perder, y esta vez, será para siempre.