Diario de León

TRIBUNA

Luis Miguel Vila

Doctor En Historia

¿Por quién doblan las campanas?

El repudio de los cubanos a su gobierno alcanza ya más del 90%

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Hemingway inició su famosa novela homónima con una frase del poeta inglés del siglo XVII, John Donne, quien, enfermo y mientras escuchaba doblar las campanas de una iglesia cercana sin saber si doblaban por él o por otro, formuló un principio moral reseñable: «Ningún hombre es una isla entera por sí mismo. Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque me encuentro unido a la humanidad».

En la novela de Hemingway, el profesor Robert Jordan era un estadounidense que no tenía ninguna obligación de ir a pelear a la guerra civil española. No era su tierra, no era su lucha, no era su gente, pero quiso participar igualmente. Actuó bajo la convicción humana que Donne había descrito trescientos años antes, que cuando la justicia se rompe en el mundo, algo se rompe en mí también, aunque no lo vea, aunque no me repercuta de inmediato. Es el ejemplo novelado de que la responsabilidad moral no tiene fronteras. En la actualidad hay miles de presos políticos en las cárceles de Cuba y Venezuela, mientras el resto de sus ciudadanos vive como rehenes políticos en sus propias calles. También hay jóvenes. También hay niños. Hoy en día el repudio de los cubanos a su gobierno alcanza ya más del noventa por ciento y los que apuestan claramente por el establecimiento de una democracia liberal constituyen ya un porcentaje similar de la población. El nivel de desesperación es tan dramático que hasta una indeseable intervención militar de Estados Unidos en la isla tiene el apoyo de más de la mitad de los cubanos. Hay veces que cuando te quitan tanto acaban quitándote hasta el miedo. Similares niveles de desesperación anidan en las poblaciones de otras tiranías en el mundo como las de Irán, Siria, Afganistán, Corea del Norte y Guinea Ecuatorial. Lamentablemente, en las restantes dictaduras actuales de la región africana del Sahel se ha impuesto una nueva forma de opresión donde ya ni siquiera hacen falta tanques. Ya no hay represión abierta. Basta con construir relatos alternativos manipulando la información. Se empiezan a denominar eufemísticamente

spin dictators a la nueva generación de dictadores que perpetúan su despotismo mediante una simulación de democracia. Esta cantidad ingente de personas alienadas debería tener como mínimo la esperanza de que seamos actores reivindicativos de denuncia de la opresión en la que se ven obligados a vivir cada día. En la conocida parábola de su novela

El proceso, Kafka describe a un hombre que se acercó a la puerta de la ley, pidiéndole permiso al guarda para que le dejara entrar, quien le contestó que en ese momento no podía permitirle la entrada. Así, ese hombre envejeció durante años sentado al lado de la puerta y cuando ya vio que iba a morir le preguntó al guardián: «¿Cómo es posible que si todo el mundo aspira a la ley solo yo haya solicitado la entrada?» y el guardián le contestó que ningún otro podría haber recibido permiso para entrar porque esa puerta ya estaba reservada solo para él. Ese hombre había pasado toda su vida esperando ante una puerta que siempre le había estado destinada. Envejeció reclamando su derecho natural. Murió pidiendo permiso. Nunca entró. Sin quererlo Kafka nos había descrito la parábola perfecta de la inalcanzabilidad de la ley para millones de personas que actualmente no viven bajo regímenes liberales. Con su parábola intenta que los sojuzgados sean conscientes de que no están involucrados por sus errores en un juicio legítimo que tienen que ganar, sino que el error siempre es permitir la existencia de un sistema que no tiene el derecho a juzgarlos. Es una alegoría de los que esperan justicia ante una puerta que nunca se abre. De ahí que llamemos

kafkiana a la sensación de absurdidad extrema y la angustia opresiva que generan las dictaduras. En la misma línea, no está de más recordar otro término literario universal orwelliano, que es el sentimiento de destrucción personal y de impotencia de los individuos contra poderes omnímodos que pueden pulverizarlos y borrarlos impunemente. Año tras año oímos resúmenes de informes de organismos internacionales politizados, negociaciones sobre derechos civiles irrenunciables, indultos paternalistas con premio para el que indulta, concesiones de exilios para ahuyentar el peligro y estrategias geopolíticas de

realpolitik. Estas concesiones ilegítimas permiten armar los relatos aberrantes que intentan dulcificar el pecado original, el problema de haber aceptado desde el principio la autoridad de unos regímenes que nunca tuvieron la legitimidad de juzgar los derechos civiles y políticos de ningún ciudadano. Hoy, ahora, en este nuestro mundo, hay personas que pasan la vida así, esperando a que alguien les conceda el derecho a una libertad que ya les pertenece desde siempre. Contra un sistema que no da explicaciones bajo la falacia de subyugar el imperio de la ley a un presunto bien común no hay forma de ganar con aislamiento. Puedes pelear, puedes resignarte, pero el resultado siempre va a ser el mismo, el sacrificio de tu libertad o, aún peor, de tu vida y el sufrimiento de tu familia. Vivimos en una época en la que se confunde la independencia con la indiferencia individual o colectiva de las injusticias ajenas. Es preocupante el avance cada vez más acusado del solipsismo. Mucho más imperdonables y reprochables son las posturas de equidistancia, justificación o apoyo ante estos regímenes totalitarios. La realidad es que, como nos recordaba el poeta John Donne, las personas no somos una isla y cuando actuamos como si lo fuésemos algo de nuestra humanidad comienza a perderse en el camino acercándonos también nosotros al precipicio por donde vemos caer a tantos otros. Creemos que no va con nosotros. Hasta que un día va. Por consiguiente, cuando te preguntes por ese otro por el que doblan las campanas, recuerda que las campanas están doblando por ti.

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