Marta Santos Marín

Socióloga Y Filósofa

Las dos caras de la fe

La gratuidad es la forma en que la fe puede ocupar el espacio sin mancharse de sangre

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La visita del Papa a España ha dado —y sigue dando— mucho de qué hablar. Un extático arrebato parece haber secuestrado el espíritu de la multitud estos días. La bondad, la generosidad, se estilan. Se proclaman a viva voz, la gente se da la paz. Si esta ofrenda fuera sincera (de esas sinceridades que abruma sentir y frustra no poder expresar sin sentir que inevitablemente pierden algo de su fuerza), el corazón de quien la concede ardería. En realidad, tenemos miedo al amor: cualquier fuerza que pueda transformarnos en algo de lo que no podemos previamente formarnos una idea, despierta reservas en nosotros. Es humano sentir terror ante un secuestro tan extraordinario. Ser enajenados por el bien es vertiginoso; una seducción irresistible es abrumadora: exige perder el control. Ser intrépido de corazón es una forma figurada de lanzarse a un vacío, una forma de suicidio cuyos privilegiados son los que tienen verdadera —y terrorífica- fe. Una frase en inglés viene a la mente: it’s impossible going full depth without losing one’s footing; es decir, es imposible sumergirse hasta el fondo de nada sin perder el equilibrio.

Esta forma de valentía es por necesidad escasa. En su lugar, proliferan las exaltaciones superficiales, esas que emocionan y consuelan sin riesgo, sin sacudir los cimientos de nuestra existencia. Pero la fe es demasiado profunda para ser abrazada sin consternación; el acto reflejo al atisbar su alcance, infinito, es rehuirla. Por eso, para los que han sufrido una transfiguración de la mirada, la exaltación con que se celebra la dimensión religiosa es un duro y certero testimonio de que las tinieblas siguen obnubilado los corazones con la misma eficacia de siempre. Con una experiencia de fe tan indecible, es natural indignarse contra la vivencia superficial de la misma. Es doloroso escuchar elogios a la bondad y la generosidad cuando se es testigo de cuánto se incumplen estos deberes. La compasión auténtica obliga a la acción, la impone con la misma necesidad con que la gravedad hace caer a los objetos sometidos a ella, o el día y la noche se suceden sin parar. Por eso, cada vez que se comprende esto y no se actúa, se sufre un profundo desgarro. El desgarro de una fe así sentida solo puede despertar indignación por la ficticia pulcritud con que se ha acogido la visita papal, la chocante ausencia de doblez, duda o contradicción espiritual en los actos organizados, el monolítico despliegue institucional, sin sinuosidades ni fisuras. La exaltación es la seña del espectáculo, así se lo reconoce. Pero hay asuntos para los que un esmerado cuidado del envoltorio no dista mucho de atentar contra ellos. Se acepta la pragmática objeción de que una versión tan pura de la fe no puede tener concreción en el mundo, que debe degradarse para que algo de su influjo «aterrice», aunque embrutecido. Cualquier persona de vívida espiritualidad comprende esto, y seguramente lo lamente con una resignación serena. El mundo da hasta donde da. La contrapartida de esta impotencia es, no obstante, prometedora: si lo intuido escapa a la representación, entonces su magnitud debe ser descomunal. Sed y terror son los previsibles efectos de un amor tan grande. Podemos creer o no el Evangelio. La verdad histórica de los hechos narrados importa poco a efectos de abstraer lo esencial. Es inimaginable que Jesús pudiera amar abnegadamente a la gente que tan injustamente lo trató; gente que, pudiendo interceder con él, no solo se desentendió de su destino, sino que hasta conspiró para perjudicarle deliberadamente. ¿Qué clase de amor inunda un corazón que anula en su seno la indiferencia y la ruindad de los hombres? Es imposible pensar esto a fondo, dejar que nos toque como se pone el dedo sobre una herida en carne viva, y no sufrir una transformación. El amor es un dardo al corazón, una lanzada certera cuya herida, con suerte, quedará abierta de por vida. El amor echa raíces allá donde la posibilidad del sufrimiento permanece intacta, siempre latiendo peligrosamente, presta a asestarnos un nuevo revés. Insistir en una fe que no peca de ingenuidad es una loca y noble intrepidez. Para bien o para mal, esta no es la forma habitual de la fe, o no al menos la pública. El papa y su séquito lo saben, como saben también que la riqueza inagotable de la fe repele cualquier forma de encapsulamiento. No es un cómodo comprimido que podamos ingerir, ni nada a lo que pueda apelarse alegremente, sin desgarro ni contradicción, sin mutilarlo. Si el espectáculo es una forma de frivolidad, verlo aplicado a la fe necesariamente hiere a quien tenga una sensibilidad moral descarnada. A pie de calle, sin embargo, la gratuidad es la única forma en que la fe puede ocupar el espacio público sin mancharse las manos de sangre. Ciertas figuras de la Iglesia parecen haber aprendido esta lección, que el reino de Dios no es posible en la Tierra, y que intentarlo convierte de una forma u otra a sus artífices en los más mortíferos verdugos. Hay una tristeza en este hecho, y un apocamiento espiritual, pues reconoce que nuestra impotencia en este asunto es absoluta. A la vez, si esta tristeza se reconduce adecuadamente, el reconocimiento de nuestra impotencia terrenal puede encerrar una férrea esperanza en la trascendencia, siempre y cuando nuestras ampulosas ambiciones no quieran llevarnos a reproducir aquí, más allá de unos mínimos modestos, lo que no pertenece a este mundo. Después de todo, quizá debamos celebrar la frivolidad de nuestro mundo: no es exactamente el precio de la concordia, eso sería contradictorio, pero sí al menos de una pálida tolerancia, suficiente para convivir.