Honor bajo el tricornio
Lo que no es de recibo es ignorar el procesamiento, la imputación y mirar hacia otro lado

Decía mi padre difunto que una de las cosas que en España no se pueden hacer es llevarse mal con la Guardia Civil. Porque se trata de un Instituto Benemérito que no ha recibido este nombre porque sí, sino que sus miembros se lo han ganado a pulso por cumplir con su deber con total renuncia a ellos mismos, llegando incluso al heroísmo en aras del servicio a España, del honor personal y colectivo y de un sentido del deber sin acepción de personas, y ello desde hace casi doscientos años. La Guardia Civil hace lo que tiene que hacer y no se casa con nadie.
Además, y como prueban encuestas recientes, la Benemérita goza en alto grado del afecto y estima de la gente de bien. Tiene muchos amigos, entre los que me honra contarme. Recuerdo una anécdota, trivial en sí, pero con un significado importante, que me ocurrió con una de mis hijas, a la sazón de 7 años de edad. La llevé a la inauguración del monumento al Cuerpo que se puso entre el Cuartel y la plaza de toros. La niña me preguntó qué era la Guardia Civil. Se lo expliqué de acuerdo a su edad, y ella, muy seria, dijo: «Entonces, son los que protegen nuestras casas». Eso es lo que el Benemérito Instituto hace desde su creación: proteger a los ciudadanos y servir a España. Por mi parte, en mis más de cincuenta años de actividad docente, siempre se ha ajustado el examen o la asistencia cuando un guardia tenía dificultades para cumplir una aspiración personal con las necesidades del servicio. Por eso sorprende y duele a la vez la situación insólita que estamos viviendo en nuestros días, con la imputación de sus máximos responsables: la Directora y el Director Adjunto Operativo, éste mando del Cuerpo con rango de teniente general. No es —ciertamente— la primera vez que el mando supremo del Benemérito Instituto ha sido desempeñado por persona indigna: recuérdese, lo más brevemente posible, el caso de Luis Roldán (+), que no se llevó más dinero porque no tuvo tiempo, y además huyó de España. Ahora, la imputación es por delitos de indudable gravedad, cuya responsabilidad penal toca decidir a los jueces, y a nadie más que a ellos; no seré yo quien tercie en un terreno que está reservado al poder judicial y a las propias partes del proceso, y donde hay que proclamar y respetar desde el principio la presunción de inocencia. Pero otra cosa distinta es lo que puede lícitamente opinarse sobre la responsabilidad política por tales nombramientos, que alcanza no solamente a los propios imputados, sino también a quienes los nombraron, si bien de manera distinta. A los imputados, porque han mancillado el honor del Cuerpo, no han respetado la abnegación, la austeridad de vida, la entrega a la patria, el saber estar siempre en su puesto y siempre disponibles, para proteger al ciudadano porque asumen tal cometido del propio Estado, y eso merece un respeto que, muy desgraciadamente, está brillando por su ausencia. ¿Debían ambos haber presentado la renuncia, conjugando con hechos y en primera persona el verbo dimitir? Mucha gente y yo entre ellos piensan que sí; con ello hubieran prestado un último servicio meritorio, aunque obligado en conciencia, a la Guardia Civil. A quienes los nombraron, porque han usado de su poder poniendo al frente del Cuerpo a personas que no eran idóneas y no debían estar donde estaban. Quiero pensar —aunque cada día es más difícil— que con tales nombramientos trataron de acertar, aunque haya por ahí opiniones para todos los gustos; pero es indudable que les alcanza, y de lleno la responsabilidad política por tales nombramientos. ¿Deben igualmente dimitir? Eso deben decidirlo ellos y no tardando mucho, aunque de momento se inclinan por la negativa. Lo que no es de recibo es ignorar el procesamiento, la imputación y mirar hacia otro lado o hacer como si eso fuese algo sin importancia, una nube pasajera en el diario acontecer de nuestra España, hoy bien salpicado de condenas, imputaciones y demás estrépito judicial, como se decía en siglos pasados. Cuando uno se equivoca —y sigo salvando la buena fe— no puede no huir hacia adelante. Tiene que hacer a lo hecho, pecho, como dice el refrán: así de claro.