Diario de León

Gaspar Méndez

Economista, Profesor De Geografía E Historia

Sopa de letras

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A mis hijos les gustaba que les hiciese sopa de letras. Así, mientras comían, solían componer nombres en el borde del plato. Entonces todavía eran unos niños y no sabían que con una letra basta para designar a una persona, sobre todo si se trata de un político.

Hoy ya casi nadie recuerda que Felipe González llegó a ser conocido como «Mister X». Ahora esa letra se identifica con una red social, y en otros tiempos más remotos con la pornografía, pero en el caso del líder socialista tenía un significado más de incógnita de ecuación matemática. Esa misma incógnita que trataba de resaltar el líder afroamericano Malcolm X, quien la utilizaba para representar el apellido desconocido de sus antepasados africanos. En el caso de Felipe no fue él quien la eligió, como hizo con el «Isidoro» de su juventud. Fueron sus detractores quienes lo marcaron, como si fuese una res en la feria. En cambio, a Rodríguez-Zapatero le dispararon con fuego amigo. Fueron los propios publicistas del PSOE los que escogieron ZP, que venía a significar «Zapatero Presidente», aunque la mayoría de la gente sigue pensando que se trata de un acrónimo de su apellido. En estos momentos podría interpretarse de forma alegórica para indicar que la Z no es el final. Detrás viene la P del más allá, del «plus ultra». Federico Jiménez Losantos llegó a enlazar la X con la Z sin necesidad del conector intermedio «y», cuando manifestaba que «la X es siempre la incógnita a despejar, y después de

Mister X hemos seguido hablando de la «X» como cima de toda organización delictiva. Lo que nadie esperaba es que la X de la mafia del PSOE fuera una Z. La zeta de ZP, de Zetapé, de Zapatero y de la Zeja». Con respecto a los populares, Aznar era conocido en ciertos círculos como JM, aunque sin que ello implicase la misma carga simbólica que en los casos anteriores. No sabemos cómo se referiría a él Ana Botella en esa intimidad, en catalán, de la que llegó a presumir. Podría ser la «C» de

cari, de cel, de cor, de cuquet, o incluso de campió. Con Mariano Rajoy volvemos a las andadas, aunque, dado lo etéreo de su carácter, nunca sabremos si aquella «M.» se refería a Mariano o a cualquiera de las ciento treinta y cinco personas que, según el INE, se apellidan Rajoy de primero. Lástima que este instituto no nos informe de cuántas tienen un nombre que empiece por M. En los entornos Gürtel o Kitchen, alguien lo asoció a las iniciales «M.R.» o incluso con los alias de «El Asturiano» o «El Barbas», pero estas identificaciones ya requieren algo más de fantasía. Cuando, un 15-M, el sumo sacerdote Pablo Iglesias fundó su nueva religión, tuvieron que recurrir al alfabeto griego para denominarlo. Él era el principio, el alfa, y esta nueva fe no necesitaba un omega porque no iba a tener fin. Además, Alfa quedaba como más aristocrático y premonitorio del chalé de Galapagar y de los colegios exclusivos para los vástagos. Aunque, según los más maliciosos, el apodo podría tener que ver con su pericia para ordenar sacerdotisas en el nuevo credo. A Pedro Sánchez, al parecer, las empresas de fontanería le facturan los trabajos como «P.S.» o incluso «The One», dando un salto cualitativo en lo que a contraseñas seguras se refiere, variándolas con frecuencia y combinando números y letras. Por lo que a ella respecta, Isabel Díaz Ayuso dice que lo de llamarle IDA fue cosa de la mano derecha de Sánchez, Iván Redondo, aunque tratándose de sus iniciales seguro que no hubo doblez ni mala intención. Algún malicioso también aprovechó que la actual ministra de Sanidad, Mónica García, se definía en X como «Médica y madre» para acortarlo en Mema. El que parece ser refractario a este tipo de apodos es el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijoo. Incluso la «Chiqui» (o Marisú) le dio en llamar «Mopongo» y acabó por quedarse el mote para si misma.

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