Diario de León

Matías González

Sociólogo

P.S., el Gran Cabrón y el Aquelarre

Aquel país que Goya retrató con dolor y rabia es el espejo de la España de hoy

Creado:

Actualizado:

La historia de España gira sobre sí misma en un bucle de sombras. Quien desee comprender la naturaleza del poder que hoy se ejerce desde el Palacio de la Moncloa no tiene que repasar los diarios de sesiones del Congreso, ni los BOE del Estado. Le bastará con adentrarse en las salas del Museo del Prado y plantarse, con el alma desprovista de ingenuidad, ante el lienzo goyesco del Aquelarre. Allí, en la sobrecogedora negrura de la Quinta del Sordo, Francisco de Goya dejó pintado, con dos siglos de antelación, el fiel retrato de la gobernanza contemporánea.

En el centro de la composición, recortada contra un cielo lúgubre que presagia la ruina, se yergue la cornamenta dominadora y la tenebrosa silueta del Gran Cabrón. Es la criatura maléfica del culto, el macho cabrío que fascina y horroriza a partes iguales. No hay en su liderazgo rastro de la vieja templanza republicana ni del decoro institucional; lo que hay es taumaturgia, un pragmatismo satánico que transmuta la mentira en línea política y la traición en virtud de Estado. Su figura se alimenta del aplauso sumiso y de la entrega absoluta de quienes, sentados a sus pies en la penumbra, han decidido entregar la soberanía de la razón a cambio de un jirón de poder. Y alrededor de esta deidad de pesadilla, oficiando el siniestro aquelarre, su particular corte de brujas. Ya no visten los oscuros harapos ni cabalgan las mágicas escobas de la mitología popular, sino las sedas cremosas de la alta política y los coches ministeriales. Pero su función es la misma: la liturgia sacrílega de la misa negra, la devoción sumisa y la obscena entrega al Gran Cabrón. Ahí gesticula «La Marichusma» esparciendo sus letanías financieras y sus conjuros gitanescos. A su lado, «La Fashionaria», despliega con dulzura de sanguijuela el hacha de la división y el dogma más rancio, tejiendo con hilos de retórica vacía el sudario de la economía nacional. «La Pelunches» , dictando desde su atril dogmas climáticos que semejan maldiciones ancestrales; «La Galápaga» «La Pitones» «La Fontanera» «La Pajarraca», todas ellas herederas del sectarismo más destructor que dejó su impronta en las leyes más aberrantes de nuestra historia. Todas ellas, asisten al rito, entregadas a la tarea de demoler los cimientos de la convivencia a cambio de la bendición del totem castrón. Este escenario de degradación reproduce, con una concordancia tan exacta que hiela la sangre, la España y desquiciada que brotó tras la Guerra de la Independencia. Aquel país que Goya retrató con dolor y rabia —una nación agónica, desgarrada entre el absolutismo cerril del «vivan las cadenas» y el progresismo de los petimetres de bombín, — es el espejo de la España de hoy. Se vuelve a respirar ese aire espeso de la posguerra decimonónica, (ya prefigurado en la Guerra de Sucesión, un siglo antes y rematado en la tétrica Guerra Civil, un siglo después) donde la destrucción del adversario y la división del mapa es la única estrategia de supervivencia para el que habita en la cúspide. El desenlace de este aquelarre político no es un misterio; está colgado en la pared de enfrente. Este viaje hacia el abismo presagia, de manera inevitable, el «Duelo a garrotazos». La misma serie de pinturas negras nos advierte de cuál es el destino final de las naciones que se entregan al culto de los monstruos. Dos Españas enterradas hasta las rodillas en el fango de la discordia, ciegas de ira, descargando el cayado el uno sobre el otro sin posibilidad de tregua, sin espacio para la huida, hundiéndose juntas en el lodo mientras el Gran Cabrón observa desde la distancia el éxito de su maleficio. Así, de forma trágica e implacable, parecen cerrarse siempre los ciclos políticos de esta patria mutilada: con la razón sepultada y el garrote en la mano.

tracking