El oro que México le robó a España
Muy pocos de esos fondos se dedicaron realmente a la ayuda a los refugiados, mientras que Prieto y otros dirigentes socialistas vivieron un exilio de lujo

A principios de nuestra guerra civil, el gobierno de la República creó la Caja General de Reparaciones con el objeto de incautarse de los bienes de los afectos a la sublevación militar, para destinarlos a la reparación de los daños causados por la rebelión.
Su principal interés era el oro, las joyas y otros bienes fácilmente convertibles en efectivo. Para ello se llevó a cabo el saqueo, sin ningún tipo de inventario, de las cajas de seguridad que los particulares mantenían en el Banco de España, así como de los objetos empeñados en el Monte de Piedad.
A todo ello se unieron, entre otros, fondos procedentes de la capilla del Palacio Real, y del Museo Arqueológico Nacional, cuyo monetario fue saqueado, literalmente a punta de pistola, entre otros, por el subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, Wenceslao Roces. A estos «primates intelectuales» sólo les interesaban las monedas y objetos de oro y lo que se pudo salvar fue gracias a la intervención de los conservadores del museo, que lograron ocultar o restar valor a determinadas piezas.
Con la excusa de la salvaguarda del patrimonio histórico artístico, todos estos objetos fueron trasladados a Valencia cuando el gobierno se mudó a esta ciudad, pasando posteriormente al castillo de Figueras, donde se les unieron fondos de diversas procedencias, como las catedrales de Toledo y Tortosa. Allí se hizo cargo de todo el ministro de hacienda, Francisco Méndez Aspe, quien logró trasladarlos en camiones a Francia, ante el derrumbe del ejército republicano.
El gobierno de Negrín había creado el SERE (Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles), que se hizo cargo del cargamento con la finalidad declarada de que sirviese de ayuda a los refugiados, especialmente a los que estaban llegando a México.
Este cargamento de oro y joyas fue empaquetado en cientos de maletas y embarcado en el yate Vita, para su traslado al puerto mexicano de Veracruz.
A bordo del Vita viajaba Enrique Puente Abuín, antiguo jefe de «la motorizada», agente del más directo rival de Negrín dentro de las filas socialistas: Indalecio Prieto.
Los buenos oficios de Puente, así como las gestiones del embajador republicano, Félix Gordón Ordás, ante el presidente Lázaro Cárdenas sirvieron para que Prieto se hiciese con el control del cargamento, que fue desembarcado en el más discreto puerto de Tampico y trasladado a Ciudad de México bajo la supervisión del general José Manuel Núñez, de la total confianza del presidente Cárdenas.
Para la gestión de este patrimonio, Prieto había conseguido que la Diputación Permanente del Congreso autorizase la creación de la JARE (Junta de Auxilio a los Refugiados Españoles), en contraposición a la SERE de Negrín, quien no pudo impedir que el botín se le fuese de las manos.
María Luisa Elío (a quien García Márquez dedicó Cien años de soledad) habría de relatar como ese cargamento se depositó en la casa que Prieto había puesto a disposición de su familia en Ciudad de México, donde se desmontaron las piezas, fundiéndose el oro en lingotes. Ese acto constituye, sin lugar a dudas, el mayor atropello contra el patrimonio histórico artístico español de toda la historia. Entre las piezas desmontadas estaba el manto de perlas de la Virgen del Rosario de la catedral de Toledo y las colecciones numismáticas del Museo Arqueológico Nacional.
Estos lingotes habrían de ser vendidos por la JARE, a precio de saldo, al Banco de México, con la complicidad del presidente Cárdenas, mientras que las piedras preciosas se colocaron entre los peristas del mercado norteamericano.
Muy pocos de esos fondos se dedicaron realmente a la ayuda a los refugiados, mientras que Prieto y otros dirigentes socialistas vivieron un exilio de lujo. Fue tal el escándalo, que el nuevo presidente mexicano, Manuel Ávila Camacho, tuvo que decretar la intervención de la JARE por parte de su gobierno.
Este fue el oro que México le robó a España y todo cuanto se relata en este artículo está perfectamente detallado en el libro El tesoro del Vita de Francisco Gracia Alonso y Gloria Munilla, así como en Tiempo de llorar, de María Luisa Elío.