Diario de León

Luis-Salvador López Herrero

Médico Y Psicoanalista

Cierra los ojos

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Hace casi un mes que aconteció el fenómeno planetario que, en palabras del polémico escritor Celine, serviría para «conceder una distracción más al pueblo, de desviarlo del peligroso espectáculo de sus miserias y sus sumisiones».

Hoy remito este texto que fue escrito unas horas antes del suceso. «Cuando escribo estas líneas aún no ha acontecido ese fenómeno tan singular como peligroso, en tiempos pasados, denominado «Eclipse». Y, sin embargo, ahora todos los medios hablan de él con frivolidad, e incluso cronometran el tiempo que falta, mientras la población corre y se afana por buscar un lugar desde donde «mirar» y «ver» el previsto acoplamiento amoroso entre la luna y el sol, sin ningún tipo de miedo ni pudor. Les recuerdo que antaño este tipo de fenómenos eran interrogados por la población con expectación y angustia, porque los dioses anunciaban a través de ellos sus designios, que sólo determinados individuos podían y sabían interpretar. Era la época de los hechiceros, los magos, los profetas, los sacerdotes y los sanadores del alma con sus poemas de amor. De ese modo, muertes, cataclismos, epidemias, hambrunas o el fin de civilizaciones enteras, eran los acontecimientos anunciados por este tipo de encuentros entre los astros más queridos y temidos por la humanidad. Hoy todo ha cambiado y, lo que resulta más impactante, en muy corto espacio de tiempo. Y así, ante sucesos de este tipo, nadie parece mostrar temor, ni mucho menos presagiar nada, esmerándose la población por desplazarse febrilmente en masa, al hilo de la voz y las variadas aplicaciones de la ciencia (gafas, dispositivos telefónicos, telescopios...), para contemplar todo aquello que antaño estaba teñido de un enigmático como prohibido significado sexual. Lo cual conllevaba también el castigo divino de la «ceguera», para todo «voyeur» que osara atreverse a franquear lo prohibido. Además, en la actualidad, comercios y hoteles han realizado su «agosto», con ventas y precios que, en algunos casos, rayan lo obsceno... Pero, ¡qué importa! Nuestro mundo es así y la población es fiel, haciéndose eco de las ilusiones de las miradas y las trampas que determina el mercado, al hilo del juego planetario de las sombras. No obstante, cuando era joven y el hombre estaba a punto de «poner un pie en la luna», el hecho me aconteció visitando a una grata y anciana familia del campo. Recuerdo, en aquella ocasión, sus miradas y sonrisas cómplices ante lo que entendían que era un embuste sin más; una mentira proporcionada por esa caja mágica que suponía ser para ellos, la presencia novedosa del televisor. Me resultó curioso y sorprendente su actitud serena y desconfiada ante lo que proporcionaban las imágenes y el dictado de las palabras, mostrándose asombrados de la facilidad con la que el mundo creía en todo aquello, que era susurrado en blanco y negro de forma enigmática. Ahora, al contrario, hay muy poco margen para desconfiar o temer lo que tal acontecimiento pudiera repercutir o representar, más allá de los problemas oculares, que sin duda no son pocos, señalados por los profesionales. Y, sin embargo, insisto, desde tiempos inmemoriales —tanto como el olvido ha sabido velar a través del juego mágico con la memoria—, un accidente de este tipo era un signo de mal agüero; un vaticinio funesto; un presagio maligno para el conjunto de la humanidad. ¡Y claro!, con el anuncio de que el encuentro no se repetirá hasta pasados muchos años, o de que tal vez nunca más podremos volver a contemplar, la población ha sido aleccionada de manera sin igual, para reclamar con su presencia y mirada pulsional el eclipse anunciado. No obstante, seguro que habrá alguien que intentará vivir este preciso instante de un modo más personal y silencioso, con el fin de captar el mensaje que un evento de este tipo dirige a la conciencia desde tiempos míticos. Y les puedo anunciar en este momento —justo cuando faltan aproximadamente treinta minutos—, que, entre otros, podría ser abandonar la idea de dirigir la mirada hacia el encuentro furtivo entre la luna y el sol. Más bien se trataría entonces, de seguir la ceremonia de otra manera. Por ejemplo, cerrando los ojos para dejar que la imaginación camine en la oscuridad, al hilo de la penumbra que se va acercando, mientras una mano se deja deslizar por el cuerpo de un ser querido para «hacer o dar» simplemente amor. Y así, pasado el momento de oscuridad íntima, tras la llegada de la luz y la apertura suave de los ojos, descubrir nuevamente la alegría de vivir y de haber sentido esa experiencia que sólo el amor puede hacer vibrar en el cuerpo, aunque sea de forma perecedera, efímera, pasajera... Sí, es cierto, hace ya mucho tiempo que sé, que la poesía y el amor no pueden cambiar el mundo, ni mucho menos la vida, pero sí hacernos sentir mejor.

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