Hijos de la tierra o señores de la tierra
En el siglo XIX, desde una visión planetaria occidental, numerosos pensadores dirigen sus ideas a concebir la humanidad como un todo, como la matria que une sin distinción y de forma pacífica y fraternal a los seres humanos. Al tiempo que camina esta esperanza se mundializan las guerras y se exprime a las colonias. En el siglo XX se descomponen ciertos totalitarismos y avanza la mundialización de la economía; se unen fragmentos y las diversas partes del mundo se integran y este se halla presente en las partes. De este modo, se asumen globalmente ciertos discursos tales como la amenaza nuclear, la presencia del llamado tercer mundo o la universalización de ciertos insumos culturales (música, cine-televisión, deportes, etc.) y también la conciencia ecologista.
Durante siglos el planeta Tierra era el centro sobre la que giraba el universo gracias a un orden divino impecable. Galileo, Copérnico, Newton y otros desbarataron la idea; Laplanche alejó la presencia de la divinidad de un universo —máquina perfecta— que caminaba a la eternidad; Einstein cuestiona toda la estabilidad fijista y pronto se descubre que el planeta Tierra pertenece a una pequeña galaxia —Vía Láctea— ubicada en un rincón entre millones pertenecientes a un universo en expansión y con enorme fortaleza térmica. La idea de «se hizo la luz» se desvanece y nos deja entre hipótesis y especulaciones acerca del origen, entre enigmas como habitantes de un planeta aparecido hace cuatro mil millones de años. Aunque sigamos creyendo que somos el centro universal de un planeta calentado por un Sol eterno, pertenecemos a un cosmos del que ignoramos casi todo al tiempo que nos cuesta situarnos en nuestro propio espacio: la Tierra, un gramo de polvo cósmico en el que surge la vida y parte de esta vida, la rama animal, lentamente se hominiza; pero la hominización deambula sobre la corteza en un espacio que dispone de capas, de largos procesos(historia) y que singularmente acumula vida. De este modo, este pequeño planeta perteneciente a un Sol periférico de una galaxia marginal se carga y acoge vida. Vida que se extiende por mares, trepa por montes, emprende vuelos y habita espacios soterrados. El conjunto de habitantes conforma un ecosistema de interacciones que se complementan o se manifiestan antagónicos pero que todos concurrentemente se precisan, pues la Tierra, entre cataclismos y reorganizaciones, es solidaria con la vida y la vida ha de serlo con la Tierra. Los seres vivos no pueden alejarse de la biosfera; tampoco el ser humano. La especie humana, con frecuencia, olvida su origen terrícola y animal. Se trata de un vertebrado superviviente y superior, que no siendo ni el que más corre, nada o vuela, mantiene una unidad antropológica universal a pesar de ciertas diferencias físicas y culturales. Es la
unitas multiplex que le caracteriza. Así, pues, la Tierra, en el espacio cósmico, es una pequeña canica que torpe y aburridamente gira sobre sí misma, mas en ella habita una singular especie denominada humana. Esta especie, dentro del reducido espacio terráqueo señorea sobre el resto en todo el orden de escalas vivas. Este poderío le ha auto-facultado para considerarse dueña absoluta, para pisar y pesar sobre cuanto le rodea y alcanza, amparada bajo leyendas divinas que estima que le alzapriman para ello y a que, equívocamente, invoca su insularidad en el orden de la vida. En otro orden, los seres humanos hemos dedicado mucho tiempo a interrogar el allá, los cielos, un espacio sobre el que pende la inseguridad de alcanzar, al tiempo que desatendemos el acá, la tierra-hábitat en la que moramos e ignoramos que la Tierra no es la suma de elementos aislados: espacios físicos más biosfera más seres humanos. Hace unos años se recibían informaciones de desastres y degradaciones ecológicas locales sobre lagos-ríos, montes-campos, etc., pero ya hemos empezado a recibirlas sobre aspectos generales: terremotos, océanos, salinización, calentamiento, CO
2, agujero de ozono, lluvias ácidas, urbanización salvaje; bien parece que los humanos destruimos los organismos vivos al tiempo que nace nueva sensibilidad a través de colectivos y, también, en programas políticos —en su inicio de izquierdas y actualmente casi todos menos en los recalcitrantes de derecha extrema-al tiempo que continúa la desforestación, desertización y calentamiento. Prosiguen las proclamas amenazantes y escasean las acciones eficaces que reviertan la situación. Todo se mundializa y la amenaza terráquea también mediante la degradación de la biosfera y la subida amenazante del nivel del mar. El desarrollismo choca frontalmente con la ecología. El radiante porvenir devenido de un progreso infinito y desarrollista que valida la rápida eficacia y la mirada economicista resulta amenazante para las diversas formas de vida planetaria. Hemos dejado de contemplar, admirar e incluso adorar la Tierra, sentida como madre, pues nutre a sus hijos, para adueñarnos de ella, para señorear sin escrúpulos y ajenos a las consecuencias de los abusos cometidos sobre un espacio de cierta armonía y entropía. Estudios exhaustivos avisan de la zozobra pertinente; las catástrofes se presentan y suceden. Los efectos nocivos se alzan día a día. Ya no valen rogativas religiosas ni explicaciones míticas. Los castigos devenidos no tienen origen sobrenatural y se presentan supernaturalmente nocivos y causados por un maltrato continuo de nuestro hábitat. La nave Tierra, en su dimensión biológica, navega entre luces y sombras mientras abundan teorizaciones espurias, también la sensación de crisis y la consecuente balcanización del «sálvese quien pueda» a la vez que irresponsablemente se ignora que las partes se hallan en el todo y viceversa —efecto mariposa— es espacios en los que crece la racionalidad fragmentaria, un pensamiento parcelario que se aleja de analizar una policrisis que afecta decididamente tanto en la biosfera como en la antroposfera. La exigencia de repensar la barbarie del desarrollismo es una exigencia inmediata o la venganza de la diosa Gea será inapelable mientras tontamente seguirá girando alrededor del Sol. ¡Seamos, pues realistas!¡Qué utopía! El hombre ha de abandonar el soberano mandato divino de dominar la Tierra. No es su señor, sino su hijo y proseguir su hominización en el hábitat concedido; del mismo modo, reformar o modificar ciertos discursos dominantes; es decir, reformar el pensamiento, pues con el racionalismo progresista y el providencialismo no se detiene la amenaza y la espada de Damocles, ciertamente, pende. Como ciudadanos sigue válida la fórmula de acción: «pensar global/actuar local, pensar local/actuar global», ya que todo es causado y causante (Pascal); de lo contrario, el topo seguirá excavando galerías hasta provocar el derrumbe integral hasta la aniquilación de los hijos y, también, de los señores.