Diario de León

Santiago Gómez Salán

Profesor De Enseñanza Secundaria

De la Valencia de la «O» a la Valencia de fin de semana

Si queremos dejar de ser una Valencia de fin de semana, harán falta menos complacencia

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Un sábado reciente de pleno agosto, a eso de las doce y media de la noche, las terrazas de la calle Mayor de Valencia de Don Juan estaban ya casi recogidas. Había habido gente, pero la imagen contrastaba con aquellos veranos en los que las mesas ocupaban casi toda la calle hasta altas horas. Puede parecer una anécdota. Para quienes conocimos la otra Valencia, es la señal de algo más: seguimos recibiendo visitantes, pero perdemos veraneantes.

Rebasada ya la barrera de los sesenta, hablo desde la memoria de quien conoció el auge de aquel turismo. Recuerdo a las familias asturianas que llegaban en utilitarios como el Seat 600 o el 850, con el equipaje para varias semanas. Todavía me pregunto cómo cabían allí padres, hijos y maletas. Cuando aparecían aquellos coches con matrícula de Oviedo, sabíamos que el verano había llegado. En mi adolescencia, julio y agosto eran un hervidero. Las pandillas mezclaban a los de aquí —los «cazurros», como nos llamaban— con los asturianos que regresaban cada verano. Pasábamos las tardes en la piscina y, después de cenar, subíamos al Jardín de los Patos a charlar o íbamos a Las Pérgolas y Samoa, las dos discotecas de entonces. Nacían amistades y noviazgos que a menudo sobrevivían al invierno. Las terrazas eran enormes y las noches tenían vida cualquier día, no solo los fines de semana. El fenómeno comenzó en torno a los años sesenta, según la memoria familiar y la prensa regional. Muchos asturianos buscaban el sol y un clima menos húmedo; decían que venían «a secar», expresión asociada entonces a afecciones respiratorias. Al principio se alojaban en habitaciones de casas particulares, donde convivían con sus propietarios, o en alguno de los hospedajes; después se generalizó el alquiler de casas y pisos. No eran visitantes de paso: permanecían varias semanas, volvían cada año y acababan formando parte de la vida cotidiana de Valencia de Don Juan. Aquella relación llegó a ser tan estrecha y la presencia asturiana tan numerosa que la ciudad fue rebautizada coloquialmente como Valencia de la «O»: en verano, las matrículas O de Oviedo rivalizaban en número con las LE de León. Muchas familias asturianas reforzaron ese vínculo al adquirir una segunda vivienda en Coyanza. Algunas compraron chalets en la cercana urbanización Valjunco y otras, casas o pisos en el casco urbano. Un reportaje de Diario de León hablaba en 2003 de unos 350 propietarios en aquella urbanización y de cerca de dos mil residentes en verano. Algunos asturianos con vivienda propia siguen viniendo cada fin de semana, incluso en invierno. Desde hace algunos años se aprecia un acusado descenso de veraneantes, sobre todo entre semana. Puede contribuir a ello el coste de los alquileres. Algunas familias lo consideran excesivo y aseguran que les cuesta poco más marcharse a la costa; otras buscan alojamiento más barato en pueblos cercanos. Si un destino de interior pierde su ventaja de precio, puede perder también a su clientela habitual. Coyanza nunca ha contado con una oferta monumental amplia. Destacan el castillo, la iglesia de San Pedro, con el importante retablo de El Salvador, y la iglesia de Nuestra Señora del Castillo Viejo, patrona de la ciudad. Su atractivo residía en otra combinación: clima, cercanía de Asturias, precios asequibles, piscinas, convivencia y calles animadas. Los asturianos no venían solo a visitar el castillo, sino a pasar el verano. En torno a esa tradición, el antiguo polideportivo se ha convertido en un complejo acuático de referencia que, según datos publicados, supera los doscientos mil accesos por temporada. Es un éxito que debe reconocerse, pero una entrada a las piscinas no equivale a una pernoctación ni garantiza calles llenas durante la semana. Algo parecido ocurre con las ferias. El calendario de 2026 reúne diez citas estivales en ocho fines de semana. Estas citas atraen público, pero cabe preguntarse si bastan para sostener un modelo turístico estable. Antes, el verano creaba comunidad; ahora, con demasiada frecuencia, produce eventos. Coyanza se llena un sábado y puede vaciarse el lunes. Valencia de Don Juan ha venido a menos, y no solo durante el verano. Declarada ciudad en 1950, sigue siendo cabecera comarcal y mantiene supermercados, bancos y numerosos bares y restaurantes. Pero el pequeño comercio tiene cada vez más dificultades y algunos establecimientos han desaparecido. A ello se suma el cierre del cine, una pérdida para una ciudad que necesita espacios culturales y de encuentro. También dejó un gran vacío la marcha de los Padres Agustinos. Llegaron en 1884 y se fueron en 2020, después de 136 años. Con el tiempo, el antiguo colegio pasó a funcionar como hospedería y en él se celebraron cursos de verano que daban vida a la ciudad. Aunque hoy acoge algunos actos, ya no mantiene la actividad de entonces. En cambio, es justo reconocer la rehabilitación de la Casa de Cultura, construida durante la alcaldía del recordado Alberto Pérez Ruiz e inaugurada en 1983. Su reciente remodelación, con unos 3,1 millones de euros de inversión, ha modernizado un edificio fundamental para la vida cultural coyantina. Las fiestas patronales de septiembre, cuando regresan tantos coyantinos que viven fuera, tampoco conservan la fuerza de otros tiempos. La programación musical suele ser poco ambiciosa. La coronación de la reina y las damas, a la que se han sumado el rey y los pajes, me parece más un anacronismo que una renovación. También ha cambiado el papel de las peñas: siguen reuniéndose y disfrutando, pero viven las fiestas de puertas adentro, mientras que antaño llenaban de animación las calles. Sin restar méritos a otras corporaciones, destacaría la labor de dos alcaldes: Alberto Pérez Ruiz, socialista, y Juan Martínez Majo, popular. Martínez Majo impulsó la transformación del complejo acuático; con Pérez Ruiz al frente, la ciudad avanzaba y el Ayuntamiento mostraba iniciativa. Frente a aquellas etapas, se echan en falta continuidad y ambición. Quizás se hayan consumido demasiadas energías en los enfrentamientos políticos y demasiado pocas en acordar un modelo turístico que sobreviva a los cambios de gobierno municipal. Las piscinas, las ferias o la Casa de Cultura demuestran que ha habido inversiones, pero no que exista un plan claro para todo el año. Habría que estudiar quién viene a Coyanza, cuánto tiempo permanece, por qué deja de venir y qué puede hacer de lunes a viernes. No propongo resucitar la Valencia de mi adolescencia. Han cambiado el ocio y las formas de viajar. La nostalgia puede ser un punto de partida, pero no un programa de gobierno. Sí conviene preguntarse qué hacía atractivo aquel modelo: estancias largas, precios razonables, relaciones personales y calles vivas. Coyanza conserva una magnífica base: sus piscinas, el castillo, el río Esla, la hostelería, su condición de cabecera comarcal y una larga relación con Asturias. Pero si queremos dejar de ser una Valencia de fin de semana, harán falta menos complacencia, más escucha y un proyecto compartido que vuelva a convertir al visitante en veraneante. La Valencia de la «O» no debería quedar reducida a una matrícula antigua ni al recuerdo de quienes vivimos aquellos veranos.

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