Monumento redentor
En 1953 el párroco de Valdavido, pueblo cabreirés del municipio de Truchas, concibió la atrevida idea: nada menos que la colocación de una estatua gigantesca, figurando la imagen de Jesucristo Salvador, sobre un pedestal de ensueño como lo es el promontorio rematado en pico rocoso frente al pueblo, desde el que señorea la torre del castillo de Peña Ramiro, nombre asimismo del condado cuyo titular era entonces el noble villafranquino D. Alonso Caro. La torre sería su asiento. La estatua fue encargada al bilbaíno José Larrea, que entregó su obra en mayo de 1957. Medía algo más de siete metros y viajó a Truchas desmembrada en varias piezas, donde permaneció años aparcada. Mientras tanto, en marzo de 1961 había llegado a la diócesis el obispo Marcelo González, que dos años después, en mayo del 63, publicó una pastoral sobre «el futuro espiritual de la diócesis». Enfatizaba en ella su interés por Cabrera, cuya situación calificó literalmente de tenebrosa, al tiempo que loaba a los sacerdotes allí destinados, «únicos soldados durante muchos siglos en la batalla de la virtud y la cultura frente al mal, la ignorancia y la miseria». Uno de esos «soldados», el cura de Truchas, llegado a la parroquia ese mismo año 63, le propuso culminar el proyecto y él lo acogió con entusiasmo, visto sin duda como simbólico del rescate de la postración cabreiresa.
Al año siguiente apareció Donde las Hurdes se llaman Cabrera, el libro de Carnicer que había de revelarse de importancia insoslayable para la historia cabreiresa en esos años decisivos. En junio del 65 el obispo publicó una nueva pastoral, en este caso para anunciar la inauguración del monumento, y en ella vuelve al canto entusiasta de los sacerdotes, «que enseñaron las letras humanas cuando no había maestros (…) que infundieron el respeto a las leyes cuando no había regidores ni jueces», etc. y ello en unas circunstancias de miseria y soledad, «casi de destierro». Y es aquí donde deja una pulla a Carnicer, aunque sin nombrarlo, a cuenta de la foto que le tomó a D. Manuel Bruña en Llamas, luego publicada a toda plana en la portada de su libro. El obispo la consideró ofensiva para el sacerdote y por extensión todos los demás, cuyos méritos, aseguraba, «la torpe máquina fotográfica de quien por allí pasa no sabe captar, porque falta a la máquina o al fotógrafo el espíritu necesario para captarlos». Ahora bien, el reproche no se sostiene, porque la foto no fue fruto de una toma previamente «escenificada», sino que reflejó simplemente la figura, todo lo tosca que se quiera, pero real, del viejo y buen sacerdote, y eso es lo que se aprecia, incluso con simpatía, al margen de una presunta maligna intención del fotógrafo. El 9 de julio siguiente Martín Descalzo, astorgano ilustre, no importa que nacido en tierras manchegas (porque se había criado en Astorga, en cuyo seminario estudió), publicó en
La Luz de Astorga un largo artículo a propósito del monumento. Era un escritor prestigioso y destacado novelista, que nueve años antes, a los 26 de su edad, había obtenido el premio Nadal 1956 con su novela La frontera de Dios. El artículo rompía así: «Recuerdo que cuando era niño la palabra Cabrera sonaba en mis oídos como sinónimo de infierno» (treinta años atrás Luis G. Linares había escrito que La Baña era «el fin del mundo»; y cuando Ramiro Pinilla le preguntó al Ruso dónde quedaba La Baña, este le dijo que «para allá de la India»). Decía asimismo recordar que, cuando en el seminario veían a algún sacerdote llegado de Cabrera, lo miraban «como deben mirar hoy en Norteamérica los chiquillos a los astronautas, como una especie de héroe sometido a una prueba tan cruel como enorme». Ítem más: «Recuerdo aún hoy sus sotanas verdegueantes, infinitamente viejas y pobres, tan pobres como debía ser su comida y como era en realidad su vida». Y siendo pues las cosas como dice esta prosa bien tramada, no extraña que pudieran ser vistos llegados de otro mundo, «astronautas» estelares o transindianos, por no decir extremadamente del «tenebroso» infierno. Finalmente el domingo 5 de septiembre de ese año 65 el obispo inauguró el monumento en un acto solemne y multitudinario, con todas las autoridades provinciales, civiles y militares, presentes. Tenía fama de gran orador y en la ocasión lo demostró. Su voz se adueñó del aire en un alarde de altos vuelos retóricos, impulsados por el viento que ese día sopló persistente. Dos niñas dijeron sendas poesías. Celsa Barrios, de Truchas, ocho años, declamó la que empezaba: «Bienvenido, D. Marcelo,/ a los pueblos de Cabrera», y concluía: «Si vienes porque nos quieres,/ aquí tienes quien te quiera;/ si te saluda una niña,/ besa tu anillo Cabrera». La otra niña, Gloria Miguélez, tenía 14 años y era de La Cuesta. Su poesía, desplegada en versos de más amplio vuelo y bien medidos, brilló en acentos retóricos de este estilo: «Corazón de Jesús, los corazones/ que te saben honrar, a sus pasiones/ ponen el yugo del cristiano honor». La voz enérgica del obispo preludiaba el fin de la marginación de Cabrera, bendecida por la mano del Redentor. Siete meses después, en abril del 66, él mismo acompañaba al gobernador en la inauguración de la tan ansiada carretera a La Baña. El fin del mundo empezaba pues a quedar más cerca. Y en todo caso ya no era el infierno.