Diario de León

Enrique Ortega Herreros

Médico Psiquiatra Jubilado

Marruecos y España: ¿dos países que se tocan, solamente?

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Recientemente he estado pasando unos días en Marruecos, un país al que admiro por ciertas cosas y lo contrario por otras. He tenido ocasión de dialogar, intercambiar opiniones con algunos nativos sobre temas diversos y he sacado la conclusión de que ha sido imposible flexibilizar ciertas posturas con ellos en planteamientos que pudieran desembocar en un entendimiento compartido sobre ciertos temas «sensibles» a los que me referiré más adelante.

La imagen de que Marruecos y España son dos países que se tocan, pero que no se mezclan fácilmente, me la ha proporcionado el dato referente a las aguas de mares distintos que, dada su distinta salinidad y temperatura, cuando se encuentran tardan en mezclarse. En contra de una creencia equivocada en más de uno, Marruecos no está separado de España por el estrecho de Gibraltar, donde se encuentran dos mares diferentes. Este estrecho separa un continente de otro, África y Europa, pero España está a uno y otro lado del mismo. A menudo, en el ser humano, la creencia es el motor principal de la conducta, al margen de que dicha creencia sea acertada o errónea. Digamos que, entonces, la verdad subjetiva está por encima de la verdad objetiva. Y ya no digamos cuando la creencia es de tipo religioso. A este respecto, la respuesta que me dio uno de mis interlocutores ante una pregunta que le hice ajena a cualquier dogma, fue: porque lo dice el Corán. ¿Y tiene idea de por qué lo dice el Corán?, su respuesta fue igualmente tajante: No, pero lo dice. Se trataba, simplemente, del porqué no comían cerdo. Y eso catorce siglos después de la prohibición. La persona con quien hablaba era una persona culta, universitaria, políglota y, sin embargo, mostraba una rigidez impropia de su cultura en una «discusión» sin otra pretensión que la de ampliar el conocimiento racional de la misma. Comprobé, además, que le «molestaban» mis preguntas, aunque muy educadamente me sonreía. Eso me llevó a pensar en la endeblez de sus argumentos y en la imagen de las aguas de los mares distintos que se tocan, pero no se funden. Es cierto que, a su favor, me llegó a confesar, con guiño incluido, que a veces, solo de vez en cuando, él se tomaba una cerveza con alcohol, en contra de lo que dice el Corán. El intercambio «natural» entre un estado laico (España) y un estado religioso, como es el islámico (Marruecos), no es fácil. De nuevo la imagen de las aguas de diferentes mares. Y pensé: qué pena que la religión que debería ser el lugar de encuentro que favoreciese el entendimiento entre los hombres acabe siendo la frontera que los separa. Y peor todavía cuando la media luna se convierte en un alfanje o la cruz en una espada… Otro tema abordado fue (la ocasión me lo ponía fácil, pues justo se estaba llevando a cabo la invasión de migrantes en Ceuta) el de la españolidad de diferentes territorios en el norte de África. Nótese que digo África y no Marruecos, error que cometen muchos al situarlos dentro del país vecino y no al lado del mismo. Pues bien, fue impresionante constatar que la argumentación empleada para «demostrar» su propiedad marroquí carecía de rigor histórico. Es más, el relato era el construido a su medida e interés, muy parecido, por cierto, al elaborado por alguna comunidad autónoma española, invocando nuevos y desconocidos hitos históricos fabricados al efecto. La conclusión, lamentable, era la de: Usted tiene su versión y yo la mía, como paradigma de lo incompatible, de los contrarios por antonomasia. Una forma carente del discurrir para conocer la verdad. Ya sabemos que el ser humano es un «artista» tratando de construir el relato, o de justificar «lo que haga falta» con tal de pretender salirse con la suya. No es solo lo de «arrimar el ascua a su sardina», es que, muchas veces pretende apropiarse del ascua y de la sardina del vecino. Pretender demostrar que basta recurrir a la geografía para determinar la pertenencia del territorio es retrotraerse a un pensamiento, no solo primario y adherido al principio de omnipotencia del deseo, sino que es una negación en toda regla del discurrir de la Historia. La cultura, que viene de cultivar, y máxime el espíritu, acaba construyendo un dique de contención en contra de otras culturas. Ahí reside, lamentablemente en gran parte, el problema de la ausencia de entendimiento. Un constructo que declara, por ejemplo, la igualdad entre hombres y mujeres, pero que al mismo tiempo proclama «de facto» que uno es más igual que la otra… pone de manifiesto la falsedad de su planteamiento. Puede legalizar, por ejemplo, la poligamia, pero no la poliandria. Y es que, en el pasado, los códigos fueron elaborados por los varones, ya se sabe… Y mira que el islam es una religión extraordinaria, por otra parte. Mención aparte merece, en lo referente a la posible «comunión» entre culturas, el dicho: allí donde fueres haz lo que vieres. Es decir, trata de adaptarte, que no quiere decir renunciar a tus principios, pero no trates de imponerlos al país de acogida. Me temo que en los tiempos que corren, en esta España laica, acogedora y atontolinada, se pueden estar gestando cambios significativos sociológicos, cuyo calado se conocerá mucho más tarde, y cuyas consecuencias podrían provocar enfrentamientos dolorosos. En España somos así, no nos molestamos demasiado en prever y prevenir, ni de mantener el cuidado necesario para que lo construido no se deteriore. Lo malo es la reacción hispana cuando el españolito se pone fiero, cuando se le hinchan las partes blandas y pudendas… A este respecto conviene recordar que ya se produjo hace tiempo, bien por miedo o por evidencia de peligro, o por «incompatibilidad» de la convivencia, la expulsión de España de una comunidad importante, la judía, asentada en el país desde hacía mucho más de mil años. Más tarde volvió a ocurrir una cosa parecida con la expulsión de los moriscos (musulmanes, supuestamente falsos convertidos al cristianismo de la época), pero que seguían practicando el islam; que no se habían adaptado, en suma. Creo que es mucho más sano y civilizado dejar claro desde el principio el cumplimiento de las exigencias pertinentes a quienes, viniendo de fuera, solicitan un hueco en la sociedad, y no acabar practicando el dicho de «a grandes males, grandes remedios». Es cierto que hoy día la cultura española, así como la organización del Estado no se vertebran «de iure» por creencias religiosas, pero queda mucho poso derivado de las mismas, tanto para bien como para mal. Por eso es sumamente importante vigilar de cerca para que el sueño de la «alianza de las civilizaciones» no acabe, desgraciadamente, en un lío monumental entre ellas.

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