Diario de León

Manuel Garrido

Escritor

La visita fantasma

El río Eria, uno de los cauces de la Cabrera que ha bajado con cenizas.

 ÁNGELOPEZ

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Leí meses atrás en la prensa diaria un artículo que me llamó la atención. Comenzaba con un cálido y elogioso recuerdo del libro clásico de Carnicer sobre Cabrera, aparecido en 1964, incluyendo al paso este comentario de un lector entusiasmado: «abras por la página que abras, el libro te atrapa». No le faltará razón, a la vista al menos de una de esas páginas, aquella que narra, dicho por el articulista, «la llegada de un gobernador a los pueblos cabreireses, donde los temerosos nativos echaban paja debajo de los coches oficiales para aplacar a las bestias de metal, porque nunca antes habían visto un vehículo a motor». Bien se sabe que el entusiasmo, una emoción dopante al fin y al cabo, puede llegar, si desmedido, a nublar la vista o provocar incluso visiones de fantasía, y este sería buen ejemplo, porque del suceso de marras no hay ni rastro en Carnicer.

Quien lo cuenta es Ramiro Pinilla en su novela de 1977 sobre el bañés Antonio Bayo, apodado el Ruso, trece años después de Carnicer. La narración ocupa dos páginas hacia el comienzo y refiere la visita del gobernador, no a los pueblos del articulista, sino a uno en concreto, La Baña, donde llega un día al atardecer con sus acompañantes en tres jeeps, tres «bichos» que infunden en los vecinos un susto de muerte. Dice el texto: «… llega Rogelia (…) con la cara blanca de miedo y una brazada de yerba y la reparte entre aquellos tres cacharros, dejando mañizos en el suelo, delante de los morros» (de una brazada, tres mañizos: evidentemente el autor desconoce el significado del término cabreirés). Pernoctan allí y al amanecer del día siguiente «los tres cacharros aparecen sin cristales: los chavales del pueblo los han partido a pedradas por la noche». En 2007 la novela fue reeditada con un prólogo en que el autor comentaba el inaudito suceso, como asimismo hacía en una entrevista posterior en el diario El País. En aquel lo fecha hacia 1940 y en esta lo fija en 1944. La comitiva, según el prólogo, se detuvo en un, así denominado, «claro entre casuchas», original circunloquio para orillar en el bosque de las letras un término tan extraño como plaza, plazuela, incluso plazucha, que rima con casucha. Y en fin, en la entrevista dice que aquellas gentes, en el colmo de la pobreza, no habían visto un coche en su vida; naturalmente, como en centenares de pueblos entonces, alejados de las vías de comunicación, alojados en las montañas. La tal visita es una pura trola que un Antonio en trance novelero le endosó al escritor, desarrollada por este en una disparatada serie de despropósitos. No se sostiene una llegada del gobernador con su séquito al anochecer a un pueblo remoto, situado «para allá de la India», como le dijo Antonio a Pinilla en cierta ocasión. No podían hacerlo en coche, porque no había carretera o camino suficiente para la circulación de unos jeeps, por lo demás inexistentes en España hasta después de la segunda guerra mundial. La trastada nocturna resulta simplemente inconcebible. La trola se redondea con esos otros detalles de los coches creídos animales, sus morros, los mañizos, etc. Precisamente este término puramente cabreirés sugiere la mano de Antonio meciendo el invento, porque era completamente opaco para el novelista, y de hecho en la reedición de 2007 va en cursiva. Llama en fin la atención el gentilicio que aplica a los nativos, toda una pica en Flandes de la osada ignorancia; aparece en el parlamento del gobernador, que empieza así: «Queridos cabrerianos». Para formarlo, debió sin duda de venirle a las mientes el recuerdo brumoso de Siberia y los siberianos. Pero abundando en la trola, no me resisto a mencionar otros detalles acerca de Antonio, mencionados en dicha entrevista, así por ejemplo cuando refiere el modo singular en que un día calmó el hambre: «Con diez años una vez comulgó siete veces. Un día de comunión (sic) probó la ostia (bis), le gustó, dio la vuelta y volvió una y otra vez, hasta en siete ocasiones, hasta que el cura se dio cuenta y lo sacó a patadas». Nada menos que siete, aunque para el caso, ya puestos a ello y evocando la vieja sentencia bíblica, por qué no prolongar la serie hasta setenta veces siete. Pinilla se tragó el infundio del cabreirés con fruición, porque le sonó irresistiblemente transgresor, sumada la pícara irreverencia a la figura ridícula compuesta por el cura litúrgicamente ornamentado, persiguiendo a un mequetrefe a patadas por la iglesia. Pero evidentemente nada de esto se sostiene fuera de un improbable territorio de fábula. Por lo demás, si, como decía D. Quijote, los que gobiernan ínsulas por lo menos han de saber gramática, con cuánta más razón debe exigirse a quienes ofician de escribidores. Ahí queda esa palabra, «ostia», cuya vista produce vergüenza ajena, aunque aquí puede que el responsable sea solo el periodista redactor. En todo caso más incluso llama la atención la peregrina fórmula «un día de comunión»; como si en La Baña hubiera habido un día dedicado a tal fin, algo así como el día del árbol, el día de las enfermedades raras, etc. No es posible leer sin sonrojo tales despropósitos, que, huérfanos de cualquier asomo de credibilidad, se tornan disparates delirantes, finalmente ya solo hilarantes. Y eso para un fantasma es lo más triste.

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