AQUÍYAHORA
La invención del frío
CIERTAMENTE hace frío, hiela, nieva, graniza y hay una porción regular de puertos de carretera, de la Red Principal y de la Secundaria que precisan el uso de cadenas, pero diríase que todo eso se acaba de inventar ahora mismo, a juzgar por el desmedido e hiperbólico interés que ha suscitado en los medios de comunicación. En efecto, un chorro siberiano o polar ha penetrado en la Península y la recorre desde La Coruña a Cartagena, pero no se entiende que se le dé tantísima propaganda a que haga ese frío y esa nieve y esa cellisca, en enero, un mes que, como se sabe, consiste precisamente en eso. Desde que el mundo es mundo y, probablemente hasta que deje de serlo, en enero ha hecho siempre un frío de narices, un frío similar al que estos días reduce a poco la resistencia de las capas de ropa que nos ponemos, de modo que más allá de las rutinarias advertencias de los organismos de protección civil ante las consecuencias viales de las bajas temperaturas, carece de lógica el alucinante despliegue institucional y mediático sobre el particular, a menos que se considere lógico el propósito algo fantasma de algunos de ponerse medallas con la cosa de la prevención, como si echar sal en las carreteras, poner en funcionamiento los vehículos antinieve o activar los servicios de asistencia a zonas aisladas por el temporal rebasara en mucho la misión que los encargados de todo eso están obligados a cumplir. Pudiera ser, no obstante, que esa compulsión por hablar del tiempo, un tema inocuo y tan socorrido, provenga de las pocas ganas que algunas instituciones y medios tienen de hablar de otras cosas, como si la resaca de enero viniera a enfriar providencialmente el capítulo caliente de lo que de verdad importa e interesa. Parecía que todo estaba ya inventado, la rueda, la polea, la palanca, la agricultura, la perfidia, el motor de explosión, pero he aquí que asistimos, helados de perplejidad, a la invención del frío