Publicado por
Manuel Alcántara
León

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El mundo árabe cree que la única posibilidad de evitar la guerra es que el presidente iraquí se exilie. Si le convencieran de que debe irse a algún lugar lejano, aunque fuera el Oriente próximo, quizá podría pararse la calculada matanza. Sólo su marcha puede detener la campaña militar de los Estados Unidos, que según el ex secretario de Estado, Weinwerger, «no tiene marcha atrás». Cuando uno quiere, dos acaban riñendo. Nadie desea la guerra «que al hombre entigrece», pero no le hacen caso a los domadores. El mundo sigue siendo una selva. Al Papa, que ha alzado los restos de su voz pidiendo la paz, no le escucha ni Dios. Tampoco a las muchedumbres que han salido a la calle en más de treinta países. Quizás la manifestación más espectacular haya sido la de Washington, al grito de «¡No a la sangre por petróleo!». Todos los frustrados pacifistas de este belicoso planeta se congregaron. Acudió hasta el fantasma acribillado de Martín Lutero King. La única esperanza es que Sadam Husein se vaya, con muchos millones y un corto séquito al exilio. Los ostracismos con dólares son menos. El tirano ha puesto condiciones, o sea, que puede haber trato si se cumplen. Es la hora de los diplomáticos, que siempre marca 20 minutos antes de que estallen los conflictos bélicos. Desde los gobiernos saudí, turco y egipcio se intenta conseguir un compromiso que facilite la larga excursión del déspota. Ojalá se logre. Pasando de la tragedia al sainete y del negro al lila, el caso del presidente iraquí es semejante al del presidente del Barcelona. Miles de aficionados desean que Gaspart se exilie y que su séquito esté compuesto exclusivamente por Van Gaal. Sólo eso haría evitable la guerra. «¡Irak sí, Sadam no!», gritan en un sitio. «¡Gaspart no, Barça sí!», berrean en otro. En el Camp Nou hay pañuelos y en el Pentágono armas. Por muy bruto que sea un hincha siempre será superado por un «marine». Bendito fútbol y maldita guerra.

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