Diario de León
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CUATRO de cada cinco ciudadanos españoles se declaran satisfechos con la vida que llevan. Nada menos que un 76 por ciento. Lástima que tengamos que relacionarnos habitualmente con el 24 por ciento restante. Lo normal es que tratemos con personas que están persuadidas de que todo es mejorable, aunque no dediquen gran parte de su tiempo a procurar esa mejoría, y se quejan suavemente. (Los que se quejan amargamente son intratables. Quejarse a todas horas es de bellacos). Los que están encantados de la vida, al parecer, son muchos más y lo que hay que deplorar es que su satisfacción no sea contagiosa. «Ver y oír a un triste, enfada», pero ver y oír a alguien contento a perpetuidad, cabrea. La receta para la felicidad que daba don Antonio Machado, que sólo la conoció de vista, es inmejorable: «Una buena salud y la cabeza vacía». También es importante tener mala memoria y buen olvido. La solución que dio Jardiel Poncela tampoco es mala. En su opinión hay sólo dos maneras de conseguir la felicidad: una es hacerse el idiota, y la otra, serlo. Lo que quizá sea cierto es que la dicha es poco reconocible y se conjugue en condicional o en tiempo pasado y casi nunca en presente. Es confortador que tan largo número de compatriotas estén contentos. Según las encuestas, las tres cosas que más les preocupan son el paro, el terrorismo de ETA y el desastre ecológico del «Prestige». A los dos primeros chapapotes estábamos dolorosamente acostumbrados, como a la inseguridad ciudadana, a la inmigración, a la carestía de la vivienda y a la expansión de las drogas. Quiere decirse que nos ha- bíamos resignado a ver negras muchas cosas, pero no aceptamos las oscuridades en la orilla. Quizá la felicidad consiste en despreocuparse de las preocupaciones, pero no todo el mundo puede dejar su cuidado «entre las azucenas olvidado». No es fácil conseguirlo. Mi inolvidable César González-Ruano me dijo un día, viendo un muerto, que hasta los fallecidos recientes tienen cara de preocupados.

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