Diario de León
Publicado por
Manuel Alcántara
León

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Una niña de diez años de origen magrebí ha muerto al chocar el autobús escolar en el que viajaba con un camión. La Asociación Ciudad Joven, que ayuda a los niños en situación de desamparo, había fletado ese autobús en el que veintiocho niños del barrio madrileño de Entrevías iban a ir a Navacerrada, a jugar con la nieve. Poco más o menos a la misma hora estallaba el Columbia. La nave, con sus siete tripulantes, se desintegró cuando le faltaba un cuarto de hora para aterrizar. El estallido pudo verse desde tierra y los restos del transbordador se esparcieron por Tejas, Arkansas y Luisiana. Los cosmonautas, con sus uniformes de color naranja, como repartidores del butano sideral, iban a jugar a la conquista del espacio. Gente valerosa y preparada milimétricamente. Todos dueños de un organismo irreprochable. Los americanos, que cuidan los mayores detalles, habían compuesto muy bien la tripulación: entre los siete había dos mujeres y un negro. Ahora son héroes y sus fotos han aparecido en todos los periódicos y en todas las televisiones del mundo. Los excursionistas de las constelaciones, entre los que había un israelí y una india, forman un grupo alegre en las imágenes. Todos sonreían al partir. (También la niña de origen magrebí estaría contenta al subir al autocar). Se ha registrado un gran conmoción en el mundo y una pequeña conmoción en el barrio de Entrevías. A la conquista del espacio le faltaba tragedia y ya la tiene. Las epopeyas necesitan mártires y la precisión relojera de los viajes les quitaba emoción. El presidente George Bush ha asegurado que continuarán los vuelos. Un oscuro instinto hace que el ser humano busque otros lugares, por si llega un momento en el que no se pueda vivir en este planeta. (¿Cómo sería la niña de diez años a la que nadie ha retratado?). La democrática muerte junta destinos diversos. En Norteamérica todas las banderas ondean a media asta y, como es natural, habrá reparto de condecoraciones póstumas.

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