Publicado por
Antonio Papell
León

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El asesinato de Pagazaurtundua y las circunstancias y reacciones que rodearon el repulsivo crimen, inserto todo ello en un proceso político deteriorado hasta la degradación, debería hacernos reflexionar a todos -políticos y ciudadanos, vascos y no vascos, nacionalistas y no nacionalistas sobre el desaforado encarnizamiento de un drama que hemos dejado pudrir hasta la más extrema vileza, y que, aunque afectado hasta la corrupción por el problema terrorismo, tiene ya una dimensión autónoma que declina en lo que nada tiene que ver con la violencia: la estética y la ética, las relaciones interpersonales. La última secuencia es aterradora, y quizá sea pertinente exigir que se revise mentalmente procurando una mínima distancia: Pagazaurtundua era, como todo el mundo sabe, jefe de la policía municipal de Andoain, a la vez que militante socialista y beligerante defensor de sus ideas. No debe desconocerse en el análisis que el socialismo vasco no ha sido antinacionalista -ha gobernado larguísimo tiempo con el PNV y le facilitó al principio de la etapa autonómica el acceso al poder- sino partidario de la transversalidad, esto es, de la convivencia fecunda del nacionalismo con las formaciones que no dan primacía al hecho diferencial. Tras una persecución inicua de años por los terroristas etarras, que obligó incluso a Pagazaurtundua a marcharse temporalmente de Andoain, este funcionario público regresó a su ciudad, gobernada en minoría por Batasuna gracias a los votos de PNV y EA y fue asesinado con premeditación y alevosía. Pues bien: tras el crimen, el alcalde de Andoain no condenó el asesinato de quien dirigía su fuerza pública. La enemistad política entre las formaciones nacionalistas y no nacionalistas no puede explicar, por sí sola, que PNV y EA no atendieran la legítima exigencia de PP y PSOE de que respaldaran la moción de censura que debía apartar del cargo al alcalde de Andoain. Tras el cierre de Egunkaria, la detención de sus directivos y redactores por presunta connivencia con ETA, y, con el argumento de que este medio de comunicación era el único vehículo diario del euskera, se han desaforado reiterativos agravios, en cuyo desarrollo se ha asistido a una nueva confusión de principios, al escándalo de entremezclar legítimas exigencias culturales con el terror y con la muerte. El nacionalismo democrático y el que no lo es han vuelto a entremezclarse en un confuso magma que desatenta cualquier pretensión de analizar el problema con racionalidad. Se ofusca la palabra bajo el manto de una pasión insana que olvida frívolamente el nudo de la tragedia, el horror de las víctimas, el rastro sinuoso del miedo.

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