El factor humano
Ayer he escuchado a Javier Couso. Javier es hermano de José, el cámara que cayó en el hotel Palestina de Bagdad. «Asesinado», dice con indignación en sus palabras. Javier tiene almacenado todo el dolor y la rabia de la familia y los suelta a borbotones. No podía ser de otra forma. Y se le escapa la queja, en forma de denuncia: nadie del gobierno les ha comunicado oficialmente que José ha muerto. Nadie del gobierno les ha enviado un mínimo testimonio de pésame. Fríos. Son fríos. Entienden que un muerto en la guerra no es asunto suyo. Personalmente, no estoy seguro de que un gobierno tenga que comunicar oficialmente una defunción, pero un telegrama de pésame¿ hombre, de eso se encargan las secretarias sin molestar al señorito. Es un detalle de buena educación, de cortesía, por no citar la subjetiva sensibilidad. ¿Por qué se les habrá olvidado? ¡Oh! José Couso no llevaba el título de excelentísimo señor. Sólo era un cámara. A lo mejor, los poderosos estaban felicitando al señor Bush por la marcha de la guerra. No había tiempo para pensar en un cámara de televisión. Ya lo han compadecido sus compañeros. El factor humano, señor Aznar, señores del gobierno. Ése que hemos tardado en ver en la calamidad del «Prestige». Ése que se mostró el miércoles, en los plantes de periodistas: hay unos informadores con el alma partida, que dejan sus cámaras y libretas en el suelo, y el presidente pasa sin mirar, como si oliesen mal, como si fuesen agentes del oportunismo rojo. Le faltó preguntar: ¿de qué se quejan, si España va bien y vamos ganando la guerra? Ayer, el presidente de la mirada altiva tuvo que rectificar y preguntar a los cámaras si están más tranquilos. Oigan, gobernantes de este país: los demás también tienen alma. Y les duelen sus muertos. Les duele cualquier muerto. Y ustedes han decidido meterlo todo en el capítulo de los daños colaterales. Fríos. Siguen midiendo a España en las cotizaciones de bolsa. Transmiten la imagen de que gobiernan con datos e intereses. Pero sin corazón.