Diario de León
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León

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LA más bien mortecina y casi lineal vida cultural leonesa se ve ahora mismo animada por una exposición con tanto glamour como la que recrea, en las instalaciones del viejo consistorio de San Marcelo, la odisea del Titanic, aquel mítico coloso que se tragó un inmisericorde Atlántico. El barco más lujoso y seguro del mundo se hundió en su viaje inaugural, propiciando una leyenda que ya forma parte del bagaje intelectual de la sociedad europea. El iceberg que descerrajó el Titanic en la noche del 14 de abril de 1912 no sólo fulminó la vida de más de 1.500 personas, con todos sus proyectos y esperanzas, sino que se configura como una cruel profecía sobre el final de un mundo que también se fue a pique. Aquella sociedad caracterizada por la caballerosidad y el buen estilo navegaba hacia la historia, hasta que el desdichado azar de los mares provocó que el sueño se transformara en pesadilla. Pero no sin que personajes tan adinerados y cosmopolitas como el playboy Benjamín Guggenheim o John Astor, el hombre más rico de América, dieran toda una lección de calidad y alta escuela, eligiendo morir antes que ocupar el puesto en los botes salvavidas de cualquiera de las mujeres y niños que viajaban en el trasatlántico. Aquellos altivos y orgullosos personajes prefirieron el fondo del mar antes que saltarse sus convicciones personales y sociales, en un ejemplo de grandeza cuya memoria podemos repasar en tan brillante muestra. Y es que, como dijo el poeta, la orquesta del Titanic jamás dejará de tocar.

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