EL RINCÓN
Se sigue buscando
EL GOBIERNO de Estados Unidos, que cree que con oro nada hay que falle, ofrece 25 millones de dólares por la captura de Sadam Husein y 15 por la de cada uno de sus hijos, Uday y Qusay. Eso de que la valoración del progenitor sea más alta que la de sus descendientes explica la decadencia de cualquier sociedad. La cabeza del tirano, separada no del resto del cuerpo, que eso no afecta al precio, se cotiza más que la de sus vástagos, pero a los tres se los busca desde el primer día en el que Irak fue invadido. Sin duda, la generosa recompensa de ahora será un estímulo. Traidores hay en todas partes pero es necesaria una condición para capturar a los miembros de esta valiosa familia: que estén vivos. Puede ocurrir como con las armas de destrucción masiva que justificaron el ataque, que no se encuentran porque no existen. Si el cruel dictador y sus aventajados hijos murieron en un bombardeo, como les sucedió a miles de sus compatriotas, o se suicidaron con armas de destrucción individual, no es probable que se extendieran certificados de defunción. Ha dicho Paul Bremer, representante del Emperador en Bagdad, que Sadam y sus hijos están «entre los seres más malvados que el mundo ha conocido». Una coincidencia que sean contemporáneos, porque el mundo ha conocido a lo largo de su sanguinaria historia a malvados inmejorables: desde Gengis Khan, que se divertía apilando en forma de pirámides las calaveras de los vencidos, hasta Hitler y Stalin, que hicieron combate nulo en su particular desafío de cual de los dos mataba más gente. Eso sin contar a los sucesivos enemigos públicos número uno. Hay muchos. Y no es improbable que alguno viva en nuestro barrio y que tenga un parecido asombroso con Bin Laden. Nunca se sabe dónde se oculta la maldad hasta que se manifiesta y para colmo no puede manifestarse en todos los casos. Muchas personas se mueren sin haber tenido la oportunidad de demostrar sus magníficas condiciones para hacer daño, lo que realmente no deja de ser una tremenda frustración, y si bien se mira, una injusticia.