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ANTONIO PAPELL
León

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LA ILEGITIMIDAD de la guerra de Irak, que constituye un factor psicológico de primer orden en la interiorización de lo ocurrido por los propios iraquíes, se refuerza con la evidencia, cada vez más clara y exultante, de que los gobiernos de Bush y Blair mintieron a sus opiniones públicas sobre los verdaderos móviles del conflicto. Los senadores demócratas asaetearon el miércoles a preguntas del director de la CIA sobre las falsedades difundidas por la agencia, la ONU ha pedido oficialmente al Reino Unido que pruebe sus acusaciones sobre Irak y, de momento, siguen si confirmarse los argumentos esgrimidos por Washington y Londres para cambiar el mapa geoestratégico de Oriente Medio. Esta embarazosa realidad, unida a la escasa sutileza de las fuerzas de ocupación norteamericanas, está abonando una creciente resistencia iraquí que, según ha reconocido el general John Abizaid, el nuevo jefe del Mando Central, es ya una verdadera «guerra de guerrillas» (en contra de lo declarado por Runsfeld el pasado 30 de junio), que ha causado 34 muertos norteamericanos desde el 1 de mayo, fecha en que Bush dio por terminada la guerra. En total, las bajas de los Estados Unidos en el conflicto iraquí son ya equivalentes a las que se produjeron en la primera Guerra del Golfo, en 1991. La creciente inestabilidad interna en Irak, sin duda auspiciada por el propio e ilocalizado Sadam Husein y sus adictos que están formando células de resistencia, obliga a Washington no sólo a mantener indefinidamente en el país sus actuales efectivos sino a incrementarlos hasta los 160.000 hombres (14.000 más de los que hay actualmente) y a buscar entre los aliados toda la cooperación posible. En este contexto, España aporta 1.300 militares (Polonia, 2.300; Ucrania, 1.640; Japón, 1.000, y diversos países centroamericanos y del Este de Europa otros pequeños contingentes; Alemania, Francia y Rusia no enviarán efectivos que no estén bajo el mando de la ONU). Dos expertos reconocidos en materia de Defensa, Felipe Sahagún y Antonio Izquierdo, acaban de publicar un trabajo en la prensa española que arroja sombras preocupantes sobre esta participación de nuestro ejército «en una misión indefinida, sin estrategia clara de salida, de elevado coste, bajo un mando disperso y confuso, a una zona hostil, con medios escasos, objetivos cambiantes, alto riesgo de bajas, sin mandato de la ONU, de la OTAN o de la UE, sin apoyo de la oposición ni de la opinión pública española y con escasas garantías de éxito» (la descripción, literal, es en sí misma inquietante). Entra en la lógica de las cosas que, después de la alineación española en el conflicto, el presidente Aznar esté firmemente decidido a cumplir los compromisos contraídos con Washington y a atender por tanto el requerimiento que Bush ha formulado a sus aliados (no tendría sentido que, tras participar en la guerra, nos desentendiéramos ahora de la estabilización y democratización de Irak, que tiene el amparo de la resolución de 1.583 de 22 de mayo del Consejo de Seguridad, aprobada por unanimidad). Pero lo grave es que el ministro de Defensa, en su comparecencia parlamentaria, no consiguiese disipar ninguna de las dudas que los mencionados especialistas dejaron planteadas. Los efectivos que se desplegarán en el centro-sur de Irak, una región de mayoría chií, son escasos para una misión tan compleja; el adiestramiento de nuestra fuerza en tareas de orden público es dudoso; la colaboración que puedan prestar los batallones centroamericanos ofrece bien escasas garantías; y la escala jerárquica tiene ramificaciones inexplicables. Aún no está claro si los soldados deberán limitarse a ejercer simples tareas de control del territorio y policiales o si deberán desarmar activamente a la población... La misión es, en fin, altamente peligrosa.

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