EN BLANCO
El buen rey
SE ACABAN de cumplir diez años de la muerte, súbita e inesperada, de Balduino, rey de los belgas. Ocurrió en España, en Motril, donde acababa de iniciar las vacaciones junto a su esposa Fabiola. Y, pasados diez años, el recuerdo de su figura no disminuye. Balduino fue un buen rey. En primer lugar, era persona íntegra, con principios, dedicado a su función, desinteresado y entregado, que convirtió su tarea en un servicio. Pensó más en los que le rodeaban, en su pueblo, que en sí mismo. Pero, además, cumplió adecuadamente su función de monarca. Esa función tiene que ver, entre otras cosas, con la personificación de la unidad nacional, con el mantenimiento de las señas de identidad como pueblo, con la perpetuación de las buenas hazañas y de lo que hicieron todos ellos juntos en la historia. Balduino fue pieza clave en el mantenimiento de una Bélgica uninacional, a pesar de que recientes leyes hayan consagrado el Estado federal. Un pequeño detalle. Al contrario de lo que ocurre entre nosotros, donde don Juan Carlos es «rey de España», el soberano de aquel país no se llama «rey de Bélgica», sino «rey de los belgas». Como para significar que Bélgica no es en realidad algo concreto y existente. Y Balduino logró mantener unida la nación. Políticamente, pero también íntimamente, solidariamente, marcando un destino común y dando sentido a la existencia juntos de las dos principales regiones, Flandes y Valonia, la primera de raíces y lengua holandesa-germana, la segunda de tradición y habla francófona. Cuando, hace ahora diez años, Balduino falleció, toda Bélgica se congregó ante el Palacio Real para decirle adiós. Nadie lo esperaba. Nadie lo imaginaba. Fue una gran sorpresa. Pero es que el pueblo sí se dio cuenta del papel desempeñado por el monarca, en tiempos muy difíciles para todos. Buenos reyes precisan los pueblos.