Diario de León
Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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QUERIENDO ganar indulgencias con escapularios ajenos, a ciertas lumbreras que mangonean a su gusto los hipermercados y supermercados argentinos se les encendieron las bombillitas del cerebelo y han discurrido una genialidad digna de entrar en la primera página del libro de los records, dentro del bien surtido apartado de estultos y gorrinos varios. Puesto que dependientas y cajeras se ausentaban con frecuencia y pasaban demasiado rato en lo que antes se llamaba eufemísticamente el «tocador de señoras», realizado sus funciones corporales básicas en el regalo de la privacidad, estos enfermos de mal gusto han pensado que unos cuantos pañales estratégicamente distribuidos podrían evitar las excursiones al lavabo y convertirse en la panacea que ahorrase bastantes tiempos muertos a las empresas de alimentación implicadas. Naturalmente, los dueños del cotarro están encantados con semejante aberración, digna del inquisidor Torquemada o del sádico doctor Lecter de turno. ¡Serán puercos! Además de acordarse de las madres que trajeron al mundo a los responsables de tal parida higiénico-económica, y no precisamente para echarles flores, los sindicatos argentinos rechazan el bautizado como decreto-pañal por muchas y justificadas razones. En primer lugar, creen que la medida lesiona derechos humanos básicos y limita la libertad legítima de las trabajadoras para desatascar sus cuerpos en los lugares habituales, consagrados por la tradición y las costumbres. Aparte de que, en su opinión, se corre el riesgo de que las tiendas de alimentación argentinas huelan a una mezcla de establo y guardería infantil a la hora del recreo. ¡Qué cosas! Menos mal que ya nos avisó el tango: la vida es puro cambalache.

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