AQUÍ Y AHORA
Malena y París
HAY CIENTOS de cadáveres en París que nadie reclama: a nadie le importaban esos ancianos cuando vivos, mucho menos cuando muertos, puro engorro de papeleo, de traslado de tumbas y de exponerse al reproche social. Esos cientos de cuerpos que se apilan en camiones frigoríficos y en las plantas refrigeradas de los grandes mercados de París pertenecen, no obstante, a ciudadanos cuyas propiedades si serán o han sido objetos de atención por parte de familiares y allegados, pero ahora, muertos, nadie se reputa lo suficientemente heredero como para dar digna sepultura a los que el calor o el abandono abatieron en el asfixiante entorno del Sena. Imperio Argentina, que sobrevivió al calor, que no es de París, que después de muerta no aguarda la aparición de un familiar que la recate del ominoso camión frigorífico, algo sabía también, empero, del lado más vergonzoso de la condición humana, particularmente de aquel donde reside el egoísmo, la ingratitud y la codicia. La prensa del corazón, esa que últimamente informa de todo (violencia de género, corrupción política), nos sirvió en los meses anteriores al fallecimiento de Malena el culebrón detestable de las luchas de sus herederos, esa cuerda de nietos y agregados que planeaba en círculo sobre el predecible e inminente cadáver de una anciana de 92 años. Y aún ahora, ante su cuerpo inerte, remoto vestigio de la hermosura y la gracia que lo hizo famoso, asistimos al enconado frufrú de los pariente y al postrer mercadeo de lágrimas. Hay cientos de cadáveres en París que nadie reclama, y miles, millones de ancianos vivos en Europa de los que nadie se reclama responsable ni amigo. Se los llevará cualquier día el calor, o el frío, o el olvido, o una caída en la ducha o un atropello de tráfico, o como en el caso de Malena, el trajín a la que la sometían sus presuntos admiradores y amigos. Trabajo rutinario, en fin, para las notarías.