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VICENTE PUEYO
León

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MIENTRAS la clase intelectual y política del País Vasco aplaudía o se indignaba con la polémica sobre la película de Julio Medem, La pelota vasca , en la que el cineasta da su particular visión del irredento «conflicto» vasco, el Ayuntamiento de Mondragón acordaba abonar las facturas de libros a diez presos de ETA (120 euros per cápita) remitidas por la coordinadora del programa de Estudios de la Universidad del País Vasco. Presos en cuyo currículo estudiantil figuran hazañas académicas como el secuestro de Ortega Lara, el de Julio Iglesias Zamora o como el asesinato de un niño de 13 años, por error naturalmente, por parte del estudiante etarra Jon Aguirre Agiriano. Esa sí que es una película realista alejada de ensoñaciones. Ni Medem, ni el más sutil realizador, pueden aportar ya nada que no se sepa. No he visto esa película pero sí sé que en el País Vasco hay, al menos, una mitad de la población cuya afirmación de lo vasco consiste, no tanto en el desarrollo de una serie de valores y conceptos sobre la vida y sobre las relaciones humanas, sino simplemente en la negación de lo español. Un burdo y aburrido esquema que se vuelve contra ellos en tanto que las nuevas generaciones van creciendo en un ambiente en el que las ideologías nacionalistas de antaño, incluida por supuesto la del nacionalismo español, han ido tomando matices nuevos y más suavizados. Como no podía ser de otra forma en un mundo, -al menos el mundo de la Europa en la que vivimos-, que quiere colocar valores como el de la vida, o la libertad de pensamiento, por encima de otras mezquindades de aldea. El País Vasco, muchas de sus gentes de boina encasquetada, se han ido alejando cada vez más, por ceguera, o por cobardía militante, de las auténticas aventuras ideológicas y solidarias del mundo que viene. El País Vasco no admite más literatura ni recreación fílmica. La realidad hace tiempo que supera a la ficción.

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