Diario de León

TRIBUNA

Castillo de Alba: Crónica de una destrucción anunciada

Publicado por
JULIO M. VIDAL ENCINAS
León

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«LO ÚNICO que de verdad se ha globalizado, aparte de la explotación y la codicia, es la ceguera» (Juan José Millás). Hace ahora dos años y medio, en febrero de 2001, publicaba en este mismo periódico, en colaboración con mi colega M. Luz González, un artículo en el que dábamos a conocer los resultados de recientes investigaciones sobre el Castillo de Alba, una de las principales fortificaciones del Reino Astur, junto con las de Gozón (Asturias), Gordón y Luna, éstas últimas, también en León. Este castillo había permanecido prácticamente inédito en la literatura arqueológica desde los tiempos en que M. Gómez Moreno lo describió acertadamente en su Catálogo Monumental de la Provincia de León, una publicación que vio la luz en 1925, pero cuyo trabajo de campo llevó a cabo en 1908. Con posterioridad, la Carta Arqueológica de la Provincia de León lo situó equivocadamente en una campa situada a unos 750 m al este de la situación real, interpretando de manera errónea un conjunto de muros y construcciones de época reciente que M. Luz González y yo mismo interpretamos como restos de encerraderos de ganado y/o defensas levantadas por el ejército republicano durante la Guerra Civil. Pero no es mi propósito volver a dar pie a la reacción tan poco académica que tuvo lugar cuando hace algún tiempo señalamos el equívoco. En efecto, las recientes prospecciones y excavaciones arqueológicas que se han realizado en el paraje de la «Peña del Castillo», en Llanos de Alba -el lugar visitado y descrito por Gómez-Moreno-, han puesto en evidencia unos restos arqueológicos inequívoca e indiscutiblemente vinculados a una fortificación medieval: una sólida muralla de casi 200 metros de longitud, 3 de anchura y casi 3 de altura, provista de puerta y torres de flanqueo, protegida por otra línea de fortificación en su zona más occidental. Estas defensas protegen un inaccesible peñón en cuya zona más elevada se levantó un baluarte de 70 metros de longitud. Todo está, además, protegido por un foso de más de 20 de anchura, tallado en la roca y provisto de otra muralla de 2-3 m. de ancho en la cima de su borde oriental. El occidental todavía muestra las huellas de las extracciones de piedra que sirvieron para construir la fortificación. Estos vestigios arqueológicos, verdaderamente impresionantes para cualquier observador, están asociados a centenares de cerámicas que no sobrepasan la Plena Edad Media y que, seguramente, están indicando el último momento de ocupación de esta singular fortificación, como también parece sugerirlo la documentación histórica, pues, como a M. Gómez-Moreno, no nos cabe la menor duda de que estamos ante el castillo que levanta Alfonso III a mediados del siglo IX en el marco de las acciones expansionistas que le llevarían a la dominación de la Cuenca del Duero y, con ello, al nacimiento del Reino de León. De hecho, su hijo García I ya se instalaría en la ciudad de León en 910, abandonando Oviedo como capital. Ni que decir tiene que, desde el punto de vista patrimonial, los vestigios que nos quedan de la arquitectura militar de este período se cuentan con menos dedos que los que tiene una mano y que, de ellos, este incontestable Castillo de Alba es, con mucho, el que guarda las mejores evidencias conservadas. De ahí su extraordinario interés histórico y arqueológico, verdaderamente primordial para conocer un período de tiempo crucial en la Historia de España. Pero no es de conceptos más o menos abstractos, ligados a la Historia y al Patrimonio, de lo que quiero hablar en estas líneas. De lo que verdaderamente quiero hablar es de algo mucho más prosaico: de la forma tan ignominiosa con la que, previsiblemente, entre la indiferencia más general, va a ser destruido este conjunto arqueológico excepcional, quebrando así -una vez más en estos últimos tiempos-, una doctrina que se venía llevando a la práctica en esta provincia -bien es cierto que a trancas y barrancas, en penosas condiciones materiales e intelectuales-, consistente en excavar exhaustiva y sistemáticamente la mayor parte de todo aquello que se va a destruir de un sitio arqueológico relevante, si es que su desaparición es irremediable. O lo que es lo mismo: si una novela va a ser arrojada a la hoguera, que se permita la lectura previa, si no de todas, sí de un número de páginas suficiente, que al menos allane el intento de reconstrucción de su argumento. No voy a plantear aquí, aunque lo merecería, el significado que tiene que un Bien de Interés Cultural -todos los castillos lo son por obra y gracia de un vigente decreto franquista de 1949- vaya a ser destruido por el avance de una cantera (la Ley de Patrimonio de Castilla y León considera tal categoría el máximo nivel de protección posible -Art. 32: «Los bienes declarados de interés cultural gozarán de la máxima protección y tutela»-, por lo que, probablemente, de ahí a la fechoría sólo haya un pequeño paso), ya que lo que me parece realmente superlativo de todo este asunto es el silencio cómplice -verdadera omertá - en el que se va a producir la ignominia. Porque, ¿dónde están ahora los identitarios, los voceros de las «señas de identidad», los paladines de «lo emblemático», los palafreneros de la «memoria histórica»? ¿Acaso no tienen algo mejor para sus pretextos? ¿No aciertan a ver en este castillo el origen del Reino de León, meollo de su coartada, esencial para señalar las diferencias? Las piedras de Alba, ¿no ventean los aires castizos, vernáculos, de la gloriosa y añorada Reconquista, que trajo -vía Reino de León- la España sagrada y eterna? ¿Quién no recuerda lo que ocurrió en la ciudad de León cuando se taparon -que no destruyeron-, los restos arqueológicos de las excavaciones en la iglesia de Palat de Rey? Por mucho menos se tocó a rebato en la capital del Reino. Ahora, que se va a destruir irreparablemente un castillo medieval, ¿no podrían representar estas infortunadas piedras de Alba, al menos, un compromiso (histórico) contra la codicia natural del negocio y una apuesta verdaderamente responsable y comprometida con el Patrimonio? ¿No son merecedoras, si no de indulto, al menos de una tregua que permita su riguroso estudio y documentación arqueológicos? Dicho más claramente: que una fábrica de cemento necesite ampliar el beneficio está muy bien. Incluso, hay que favorecerlo, especialmente cuando va a crear unos cuantos puestos de trabajo más. O mantener los existentes. Ahora bien, para ello, ¿vale todo? ¿Hay que callar de esta manera tan obscena ante el apremio, coerción y poder empresariales? ¿Es incompatible tal propósito inversor con la conservación del Patrimonio, como demuestra este silencio culpable y encubridor? Es decir: si la ampliación de la cantera para aprovisionar de caliza a la nueva fábrica de cemento obliga ineludiblemente a la destrucción de los restos del castillo -algo, por cierto, que sólo ha argumentado la empresa, sin ningún refrendo independiente-, no cabría exigir, al menos, la documentación exhaustiva de los restos arqueológicos que van a ir a parar a los hornos de calcinación? Eso sería, quizás, lo sensato. El problema es, en primer lugar, que los que deberían, desde instancias públicas, defender los intereses del Patrimonio Histórico, parecen, más bien, instalados en los Consejos de Administración de las empresas (privadas); no en vano, hay que darles todas las facilidades para que mejoren sus cuentas de resultados. En segundo lugar, que la impostura, el cinismo y la desvergüenza campan a sus anchas en estos tiempos que corren. Mientras tanto, el Castillo de Alba va a pasar a mejor vida, aunque de su Arqueología sólo conozcamos 100 metros cuadrados, el equivalente, tal vez, a cinco páginas de la novela completa. Pero, en fin, ¡Viva León y su Historia! Y, por si acaso, ¡Abajo Villalar!

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