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ANTONIO NÚÑEZ
León

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ES FAMOSA la anécdota del mayordomo inglés que en una de tantas inundaciones de Londres daba cuenta puntual a su señor de la evolución del Támesis a la hora del té, que son las cinco en punto (P.M.). «Señor, el río ha subido diez pulgadas», dijo el primer día. «Señor, el agua corre por las calles de la ciudad», agregó el segundo. Y, ya cuando la riada llegaba a la planta noble de la mansión, se limitó a abrir la puerta y anunciar: «Milord, el Támesis». No se sabe si la última vez el aristócrata dio las gracias con igual flema británica « thank you , Bautista», pero lo que es seguro es que el domingo el Sunday Times titulaba a toda pastilla que la boda del príncipe español Felipe de Borbón y Borbón, de los Borbones de toda la vida, con la asturiana Letizia Ortiz Rocasolano, que es de Ribadesella, «pone fin a la sufrida espera de la nación española». Nada menos. Así se lo hizo notar ayer mismo un servidor a su padre, que por antifranquista y republicano es también medio anglófilo, el cual, plegando el Diario de León parsimoniosamente como nunca se le había visto en casa, sólo dijo: «Yes». Y lo hizo sin derramar una sola gota del café (mi padre no habla inglés). Llevamos ya tres días aguantando en los telediarios la matraca de la chavala de Ribadesella, que ha pegado un braguetazo de los de no te menees con el heredero de la corona española. Toda la prensa la presenta ahora como «la reina de la televisión», «la princesa de Asturias» o «la bien casada». Si uno fuera británico, director de periódico o mayordomo, sólo hubiera puesto una fotografía del príncipe Felipe con un titulillo al lado del estilo de «ya era hora, macho». Aunque los invitados al himeneo real, un decir, sean muy selectos, pongamos que unos cinco mil sin que se sepa por qué España no da para más premios Nobel, es de suponer que otros cuarenta millones tendremos que aportar algo a la lista de bodas, según Hacienda. Y perdónese la irreverencia. Y

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