LA VELETA
Sucedió en El Pardo
NI LA guerra interna del PP, ni la guerra de Irak, ni el espectacular aumento del paro, ni nada. Nada me va a distraer hoy de comentarles el acontecimiento de la presentación de los novios en el Palacio de El Pardo, coincidiendo con la petición de mano de la ya doña Letizia. Les anticipo que esta chica se ha metido en el bolsillo a toda España, a pesar de las «guabinosidades» de algunos nostálgicos de no sé qué, que podrían haber ahuyentado al respetable. Letizia Ortiz Rocasolano aparecía en todas las pantallas de televisión como un prodigio de soltura, de inteligencia y de buen hacer. Yo pensaba qué suerte hemos tenido, porque como la Monarquía está ahí de todos modos, más vale que se incorpore esta joya a la familia real. Lo que más me agradó fue la alusión de la novia a la «joya literaria» que regaló a su novio, un libro de Mariano José de Larra, edición 1850, sobre aventuras caballerescas medievales. En tiempos tan despreciables como los que vivimos en tantos sentidos, eso me parece una salida de auténtico lujo. Apúntese un diez. Pensándolo bien, no todo iba a ser decepcionante e insoportable en este año poco memorable de 2003. Algo grato, simpático y estimulante tenía que suceder y ha sucedido, bendito sea Dios. Al mismo Príncipe Felipe se le ha visto más seguro y de mejor humor que nunca, incluso con toques de ironía cómplice de esos que a mí me encantan. Si esto no fuese una columna política, yo diría que la pareja se nos ha quedado dentro de casa. Es posible, por otro lado, que ésta vaya a ser la boda real con mayor peso del componente amor de los últimos siglos, y no me gusta exagerar. Si no es amor el factor clave, ¿cuál sería, a la vista de cómo comparecen y a la vista de cómo han colocado ambos el amor por encima de cualesquiera otros intereses? Un chorro de aire fresco se cuela en la Monarquía, en la Casa y en la Familia Real y de ello sólo pueden derivarse ventajas y consecuencias saludables. Se lo digo yo, que nunca fui monárquico ni hechizado por auras misteriosas de desiguales realidades y que no me meto ni me saco nada del bolsillo con ello.