BURRO AMENAZADO
Cerillazos
HUMAREDAS alocadas nublan California y carbonizan villas y chalets del suburbio pudiente. Las caras de los afectados expresan ánimo variable: el conformista acoge con espiritualidad resignada el carbón de su patrimonio, ahora que Dios parece desentenderse del país de barras y estrellas, cómitre del mundo; otros maldicen su mal fario, piden ayuda financiera a Robocop gobernador y aseguran que pandilleros infames, hijoputas, de origen islámico o manito, han prendido la fogata asesina. Sorprende atisbar en la urbanización hollybudiana un maniático cuidado del césped y la piscina, territorio privado defendido por rifle y alarmas, y un espacio comunal de chaparral en el que nadie ha cortado un leño. En la patria de las barbacoas de costilla de cerdo y perritos, si algún sujeto sale con hacha y podón a atropar coscoja y matos, la vecindad llama al chérif para que detenga inmediatamente al sospechoso, por primitivo, salvaje y asocial. El dólar obliga a comprar carbón vegetal, a precio de novena, en el hipermercado, cisco que viene del tercer mundo, carboneros, pobres de solemnidad en Sierra Maestra o Chiapas, que obtienen míseras piastras de la deforestación. La humanidad, nosotros, cada día más esquilmadores, da asco en la carrera de destrucción malsana. El Instituto Tropical Smithsoniano, centinela de la Amazonía, anda preocupado. En el siglo pasado, el incendio sucedía una o dos veces cada mil años, en las secas excepcionales. Ahora, millares de hogueras descuajan selva en pos de agricultura nómada y ranchos. Al mejorar la imagen de satélite, ven que la devastación es mucho más extensa de lo que se pensaba, por el efecto adicional de fuegos corredores que, con llamas de medio palmo, incineran la hojarasca, lo suficiente para matar los árboles gigantes, todos de corteza fina y asfixiar la fauna de copas y sotobosque, del perezoso a la ranita flechera. El proceso de degradación: irreversible. Avergüenza pertenecer a un León de insensatez pirómana.