FRONTERIZOS
Chema Sarmiento
HAY QUIENES están empeñado en hacer en Ponferrada un Festival de Cine y tanto empeño le ponen al asunto que igual cualquier día lo consiguen y ya verán ustedes entonces la que se monta. Claro que para eso alguien tendrá que poner el huevo, que por aquí también sabemos trabajar con presupuestos generosos y, la verdad, el resultado al final cambia sustancialmente con respecto al raquitismo y la cutrez habitual. El caso es que estos días se ha celebrado la primera edición de lo que ahora se llama Festival de Cine de Ponferrada, que nació como muestra de cortos gamberros llenos de sangre y vísceras, formalizó en un certamen de cierto nivel que el año pasado estuvo muy completito y cristaliza en un nuevo y más ambicioso formato con público muy joven, secciones más amplias, homenajes y una trabajada gala de entrega de premios. Y el Festival ha tenido la feliz idea de homenajear a Chema Sarmiento, realizador berciano que cometió el error de ser pionero, de empeñarse en hacer del cine su profesión y de no pertenecer a la camarilla que por entonces repartía las subvenciones, por lo cual vive y trabaja en París desde hace años, desarrollando una importante carrera como documentalista para el prestigioso canal Arte e impartiendo clases en la capital francesa. La Ponferrada que ha recibido estos días a Sarmiento no es la misma que a mediados de los ochenta llenó el Morán en el estreno de El filandón , título que descubren ahora los jóvenes de la Escuela de Cine, deslumbrados como nosotros veinte años atrás por el sol de nata negra y las fresas de Julio Llamazares ante las ruinas de Vegamián. Ésta, ya ves, Chema, es una ciudad de cine en la que a la que te descuidas te sacan en un corto y por las noches, en las tabernas celtas de lo antiguo, se ve a las mujeres hermosas en contrapicado.