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PANCHO PURROY
León

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BEBER a la antigua, echar unos vasos de tapeo o comida, lingotazos gustosos unidos a conversación amigable, expresa sencillez, encanto de la sociedad mediterránea, cuna del vino. Esta herencia jovial asiste atónita al desmadre barroco de una vinicultura elitista, sacerdotes que entienden del tema y degustan caldos inasequibles al bolsillo plebeyo. Vale que un trago necesite ritual sensorial de vista, olfato y gusto, pero considerar cateto, por falta de oído y sensibilidad, a quien no capta en el escanciado si el líquido es ligero o espeso, parece matiz más propio de erotómanos entendidos en lluvia dorada que de adoradores de Baco. El raquitismo que invade al castellano coloquial trueca a miríada de adjetivos en la jerga de sommeliers, enólogos, santones de cata y camareros de florida verborrea y mandil aceitoso. Aunque atisbes una liebre amagada en las pajas a cien metros, juzgan tu vista cegata por beber un blanco y, antes, obviar que el color de las varietales en juego combina topacio, ámbar, amarillo canario, oro viejo, madera y hoja seca, en sinfonía cromática de las vidrieras de la catedral el atardecer de Jueves Santo. Tienes una nariz de cachalote, anósmica, inútil, si la fusión de aromas -bouquet- deja de separar la ligereza de los primarios, naturalidad de la uva, de la grasosidad y persistencia de los secundarios y terciarios, paridos en la fermentación, maduración y crianza. Creo en datos serios, como la investigación del equipo de Dresde y Filadelfia que demuestra que la copa recta, de cuenco bulboso, permite paladear mejor el vino que la acampanada o la taza. Los voluntarios del experimento respondieron según su percepción estética y olorosa, antes y después de beber el contenido, sin la tontería de escupirlo. Ojalá que las virtudes del prieto picudo y la mencía, raíz de excelentes vinos de León a precio moderado, escapen al sacacuartos nobiliario. Extinto el peleón, nace el vino de autor, carísimo invento del tebeo.

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