EN BLANCO
Lady Di
AUNQUE lo más indefenso del mundo es un muerto, las andanzas de la princesa Diana de Gales desde el más allá siguen provocando un torbellino emocional en la sociedad británica, mientras los miembros de la Casa Real se ponen más pálidos que Michael Jakson cada vez que saltan a la prensa nuevos titulares a propósito de esta mujer cuya vida parece un argumento de Dostoievski. La personalidad de Lady Di, cuando han pasado más de seis años del accidente automovilístico que le rebanó la vida en las calles de París, resulta igual de enigmática que esas muñecas rusas cuyos distintos rasgos y caracteres se encajan unos dentro de otros. Para los más sentimentales era una mujer desgarrada y profundamente sola, un ave con las alas rotas, trastornada por las infidelidades de su esposo Carlos y la despectiva frialdad de su suegra. Otros, sin embargo, sostienen que su vistosa apariencia, realzada por unas trabajadas caderas de camarero, no ocultaba más que a una arribista de pocas luces y menos talento, carne de cañón para una existencia que puede resumirse en una amalgama de errores, pasos en falso y algunos, más bien pocos, fogonazos deslumbrantes. La prensa inglesa afirma ahora que Diana estaba embarazada de su novio Dodi, el millonario egipcio que supuso una bocanada de cariño en sus últimos días. Con él habría alcanzado el éxtasis de la felicidad sexual, al fin y al cabo una forma de vivir por adelantado en el cielo, antes de que las hadas le volvieran definitivamente la espalda a finales del verano de 1997. En breves fechas se abrirá en el Reino Unido la primera investigación oficial sobre su fallecimiento, recuperando para la actualidad a la polémica Lady Di desde el escenario de la memoria. En fin, el drama está servido.