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ZAPATERO no tiene «baraka». Debe ser un dios menor quien tutela los pasos del líder de la oposición. Cuando el PSOE llevaba carrerilla, iba por delante en las encuestas e incluso consiguió más votos que el PP en las urnas de mayo, apareció Tamayo. Ahora es Maragall quien al hacerse el sordo -dilatando durante horas la destitución de Carod Rovira- lo ha dejado desnudo ante el mundo... ¡a cincuenta días de las elecciones generales¡ Ya digo, no tiene suerte. Quizá le falta ese punto de pícaro o de desaprensivo que se ve en tantos otros que sí parecen ungidos por la caprichosa deidad que rige estas cosas. Tener suerte no es una cuestión baladí. Antes de hacerlos mariscales Napoleón se hacía leer el historial militar y preguntaba si tenían suerte. Él mismo que durante tantos años fue un mimando de la fortuna creía con fe ciega en el valor añadido de ese factor. Alejan dro de Macedonia perteneció, también a la reducida élite de favoritos de los dioses. Tenemos ejemplos más cercanos en el tiempo. Jacques Chirac es un tío con suerte, como lo fue durante muchos años Felipe González y lo ha sido, también, José María Aznar. En el caso del presidente del Gobierno a la vista de todos estuvo su buena estrella cuando consiguió salir milagrosamente ileso del atentado criminal que le preparó la ETA. Pero la «baraka» le siguió acompañando después en el día a día de la política. Episodios como el de la guerra de Irak o la huelga general, apenas le han pasado factura. A otros, les habría desarbolado. Nadie sabe por qué la suerte es tan caprichosa, pero todos sabemos a quien no y a quien sí acompaña. Está claro que, por el momento, todavía no se ha fijado en el ciudadano José Luis Rodríguez Zapatero. No tiene «baraka».

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