EN BLANCO
Pura Pasión
L OS COLORIDOS días de la Semana Santa, idóneos para que las conciencias ajusten cuentas con las verdades eternas y hacer balances existenciales, son llevados en algunos casos hasta el límite del más allá. Ahí tenemos el caso de los tres ciudadanos sudamericanos que, exacerbando el sentimiento penitencial, han muerto mientras veían «La Pasión», esa polémica película dirigida por Mel Gibson y que se recrea en las torturas padecidas por Jesucristo. Los judíos, que como era de esperar no salen demasiado bien parados, han puesto el grito en el cielo ante lo que consideran un bodrio antisemita que más bien parece un manual de instrucciones para aspirantes a matarife. Aquí en España también tenemos el alma hecha pedazos, y no necesariamente a causa de los padecimientos infringidos al Hijo de Dios. Basta con acercarse a las librerías y adquirir el libro en el que Ana Botella, primera dama del país en funciones, narra a los lectores la constelación de sensaciones vividas a su paso por La Moncloa. Una obra que si bien algunos consideran todo un cursillo de iniciación a la palurdez escrita, otros la comparan ventajosamente, por su profundidad intelectual y la concepción sentimental de la lealtad que muestra en sus páginas, con los Diarios de Ortega y Gasset. El núcleo del relato está centrado, por supuesto, en su esposo José María Aznar, un hombre tan sólido y fiable como un acero toledano y que, sin pasarse en elogios, se le da bien lo de andar por encima del agua y repartir panes y peces, además de convertir el agua en vino. En definitiva, un libro de lectura obligada en estas fechas pues, aparte de sustituir en inocua letra impresa a las flagelaciones con que se regalaban nuestros antepasados, evidencia que en la familia Aznar no han olvidado nada, pero tampoco han aprendido nada.