Diario de León
Publicado por
MIGUEL VARELA
León

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A MEDIDA que transcurren los años, todo hombre está obligado a sobrellevar la creciente carga de su memoria. No tengo claro si era Borges, o un personaje de Borges, o ambos a la vez, el autor de esta reflexión que llega ahora, cuando empezamos a tener una edad en la que toca hablar de los muertos. Quizá para compensar el chirrido del penúltimo cruce de acusaciones en torno al Consejo Comarcal; tal vez para compensar el cargante martilleo sobre la super-boda; es posible que para contener el vómito que produce asomarse a las páginas de internacional, la muerte estos días de dos buenos ponferradinos se ha producido repentina y silenciosamente, como para no molestar con el trámite inevitable a los que nos vamos quedando más solos. Telmo Barrios y Pepe Alonso vivieron algunos de los años más intensos de la historia reciente. Uno como concejal tardo-franquista desde un cristiano-conservadurismo crítico y de una conciencia moral que le hizo quedarse muy solo cuando las cuestiones de conciencia y los asuntos de moral dejaron de estar de moda. El otro, también de profundas convicciones cristianas («vaticanistas» llamaban los jóvenes periodistas a aquel grupo del socialismo posconciliar), como mano derecha de Celso López Gavela durante el largo y desigual gobierno municipal del PSOE, en los años en los que se inventó la democracia local. A Telmo lo conocí más tardíamente como melómano apasionado que no se perdía un concierto en el Bergidum. De Pepe recibí siempre un trato afable y cariñoso pese a haber sido diana de ácidas críticas durante su etapa pública (algunas merecidas, otras no tanto...; quién sabe). Ambas desapariciones, que tienen algo de final de capítulo, tiñen de melancolía esta primavera tardía. Es esa melancolía del que mira hacia atrás y le toca hablar de los muertos

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