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MANUEL ALCÁNTARA
León

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LA CARIDAD sigue siendo muy necesaria, especialmente para quienes la practicamos: nos permite creernos que somos buenos. Se considera por los expertos una de las tres virtudes teologales y consiste en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Dos amores tan difíciles que hacen que el número de virtuosos sea muy exiguo. ¿A quién prefiere que le toque el bonoloto, a usted mismo, sin ir más lejos, o a ese vecino que casi no saluda al coincidir en el ascensor? Dicho de otra forma: ¿Qué lamentará más, padecer un cáncer de testículos o que le afectara a ese otro vecino amable que nos pregunta siempre por nuestro perro? Los que llamamos Dios a un techo del conocimiento humano o a una esperanza, salvo los místicos que no observaron una alimentación sana y variada, no podemos amar a ese desconocido más que a nosotros. En cuanto al prójimo, parece demostrado que no lo quiere más que a sí mismo ni Dios. Con motivo del Día de la Caridad, los obispos han denunciado oportunamente «las numerosas contradicciones de un mundo globalizado». Está muy bie n socorrer a alguien que no tiene donde caerse vivo, pero estaría mejor unas estructuras más justas que no hicieran necesaria la limosna. Las que hemos construido son una birria. La prueba es que en la Unión Europea hay 55 millones de pobres. ¿A cuántos menesterosos sale cada país de la Europa de los 25 cuyo primer Parlamento acabamos de elegir, si bien con no demasiado entusiasmo? En cuanto a España, se sabe que superamos la media europea de mendigos, sin contar los amateurs, también llamados vergonzantes. Estamos en los ocho millones y medio. Es muy difícil contar pobres porque no se están quietos. Cambian de esquina o de acera cuando les va mal. Cáritas ha rescatado más de la calle durante el año pasado, pero el relevo es constante. La mayoría de los que piden están, no sólo mal del estómago, sino mal de la cabeza. No se sabe si son pobres porque están locos o enloquecieron a causa de la pobreza.

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