León

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LA POLÉMICA por el  reportaje de las ministras en Vogue tiene mucho de saldo de verano. No ha sido muy acertado como imagen de mujeres en altos cargos, pero no convirtamos una anécdota en Watergate de la vanidad y el pielón. Las fotos no harán oscilar los precios del petróleo. Eso sí, ha sido una concesión innecesaria hacia el mundillo del éxito como estatus social. Ni posar con mono azul y lapicero en la oreja, ni hacerle el juego a la ostentación , pero dicho esto... no se me ocurren otros reproches objetivos. Han llegado a sus puestos por méritos profesionales, lo que no es poco siendo mujer. Y  no se acomplejaron ante un tipo de reportaje que normalmente se reserva a las modelos. Cayeron en la tentación del glamour,  tampoco es como para condenarlas al infierno. Personalmente, no me agrada el resultado estético -esas horrorosas pieles- pero, de ahí a llamar superficial a una persona como María Teresa Fernández de la Vega, por citar un nombre... La proyección política de la mujer sigue provocando todavía ciertos resentimientos, no hace falta ser feminista para captarlo. Es frecuente leer informaciones en la que se define de monjil la ropa de Loyola del Palacio, con una insolencia soez; en cambio, nada se dice cuando un político sólo viste siempre de gris o del azul marino. También, son constantes las ironías sobre la ropa de Esperanza Aguirre. O en su día, las menciones al peso de Cristina Almeida. Por ello, las mujeres que van abriendo caminos profesionales deben ser más cautas con esta clase de reclamos.  Pero no agrandemos lo que ha sido pura broma. Saldillo de verano, no da para una comisión parlamentaria. Además, carajo,  salieron en Vogue no en la revista de la Asociación del Rifle.

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