TRIBUNA
Y ahora, todos medievales
AUNQUE varios columnistas, acertadamente, se me han anticipado con el fondo argumental de esta tribuna, yo también quiero aportar alguna idea sobre el desmadre medieval y otros desvaríos, muchos y variados, que han protagonizado las innumerables fiestas de media provincia durante el verano. Por mor de una pretendida promoción turística, muchas poblaciones, a excepción de tres o cuatro (a las que hay felicitar sinceramente por la dignidad de su puesta en escena) han llevado a cabo ciertas actividades a las que dieron en calificar de medievales, poniendo de manifiesto un mal gusto y una precariedad estética flagrante. Libre de todo pecado, la «Ensoñación medieval» organizada con rigor histórico, digo rigor histórico, por la Federación de Vecinos de la capital durante las fiestas de San Juan. Sin embargo, el denominador común de una buena parte de festejos provinciales rememorando el medievo fue esperpéntico. Estoy por asegurar que confundieron las fechas. El carnaval, considerado éste en sus aspectos más cutres, tiene otras momentos de celebración y mise en escene: poco antes de la Cuaresma. Cuatro sayos elaborados con colchas de la abuela, tres espadas de madera pintada de purpurina y dos jamelgos igualmente disfrazados (pobres equinos) no es, precisamente, la forma más adecuada de promocionar turísticamente un lugar. Todo lo contrario. A mediados del ferragosto, acompañado de periodistas especializados en turismo, visité algún que otro pueblo en los que se celebraban estas malas parodias de la historia. Me sonrojé ante lo que vi y, principalmente, al observar las caras de estupor de mis amigos, acostumbrados a actuar como espectadores de eventos conmemorativos de pasajes de la historia en media España. «¿Qué batalla se recuerda con esta cosa?», me preguntó el más comedido. «Que yo sepa ninguna», hube de contestar avergonzado. Muy cerca de la representación, un autotitulado mercado medieval, mugriento como el sólo, complementaba la carnavalesca función rebosante de anacronismos y pastas morunas. Según todos los indicadores el turismo patrio, en general, está falto de calidad. Y, si no hay calidad, no hay negocio. Las exigencias de la posible clientela turística aumentan en progresión geométrica. Ya no vale dar gato por liebre; ni en hostelería, ni en espectáculos musicales repetidos hasta la saciedad (aquí sólo cantan los Operaciones Triunfo ), ni siquiera en el circo. Ya no se admiten las medias recosidas de las trapecistas. Volviendo a las agresiones conmemorativas del medievo mal entendido, soy consciente de que las tradiciones deben comenzar alguna vez pero, siempre, rememorando efemérides históricas de cierta importancia; nunca remedando la historia sin la exigible dignidad, tal como está ocurriendo desde hace algunos años. Y, todo ello, promocionado por avispados emp resarios del sayo y la espada de purpurina, quienes convencen a alguien de lo buenas que son para el turismo sus famosas jornadas y justas por el módico precio de tropecientos mil euros. El Turismo, con mayúscula, la mayor industria del país, no camina por esos derroteros, al menos para sus analistas y estudiosos. Lamentablemente, el turismo español está en declive tal como vienen repitiendo sus expertos. Que no nos vendan la moto de que Villa Morín de la Sierra se va a llenar de turistas por adelantar el carnaval de forma soez. Otra cosa es que quieran divertirse los villamorinenses y saquen a airear la colcha de la abuela convertida en sayón de colorines para erigirse en condes o vizcondes por unas horas. Tienen todo el derecho. Mas, pretender hacer creer al ingenuo que van a atraer miles de visitantes, me parece una tomadura de pelo. Como contrapartida, obligado es felicitar y premiar a aquellos pequeños pueblecillos donde con mucho esfuerzo e imaginación, atraen a centenares de visitantes atraídos por sus justas poéticas y literarias con el apoyo altruista de prestigiosos escritores y poetas. Ese es uno de los caminos a seguir y no cambiar de fechas las carnestolendas.