Diario de León
Fernando Jáuregui

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DICE mi buen amigo y excelente periodista Pepe Cavero que, calculando a ojo de buen cubero (y de buen Cavero), unas veinte tertulias periodísticas nos amenazan en la temporada radiofónica-televisiva que comienza estos días y que estallará el próximo lunes. Veinte. Unas por la mañana, otras por la tarde o por la noche. Ni una sola emisora de radio, ni una cadena de televisión, se ha atrevido a presentar una programación que excluya las españolísimas tertulias, un fenómeno que, en puridad, no existe en las radios de ninguna otra parte del mundo, no al menos con la extensión y generalización con las que aquí se dan. Son un fenómeno irreprimible. Recordemos que, en la primera concepción de lo que debería ser una radio y televisión pública, la nueva directora general del Ente, Carmen Caffarel, negó el valor de las tertulias y, de paso, el valor de la opinión en el periodismo, que solamente debería estar compuesto por la narración escueta, pura y dura, de hechos. Puede que sea la doctrina que imparte la señora Caffarel a sus alumnos en la Facultad de Ciencias de la Información, pero el caso es que esta tesis, tan compartida por muchos dirigentes socialistas a su llegada al poder en marzo, ha caído por tierra ante el empuje de la realidad: no hay audiencia sin tertulias. Así que todos han tenido que poner en marcha estos espacios, echando mano de tertulianos procedentes de todos los sitiales y nichos posibles: unos, como RNE, han basado su criterio de pluralismo en invitar a periodistas representantes de todos los periódicos de información general, que es una valoración como cualquier otra; los más, se han fijado en los valores y procedencia, en el autoposicionamiento ideológico del periodista, político o catedrático invitado a asistir equis veces por semana a la tertulia de que se trate. De manera que van a ser más de un centenar los comentaristas de medios, políticos en retirada o catedráticos pluriempleados que cada día, muchas veces al día, en muchos medios cada día, van a opinar sobre la actualidad, sobre lo divino y lo humano. Una algarabía de voces, una sana algarabía de voces. Cada cual valorará como quiera esta proliferación de tertulianos, que tan poco gustan, en general, en los cuarteles generales de los partidos políticos y en los centros varios de poder. Hay quien considera que la ocupación del tertuliano es frívola, por cuanto muchas veces debe hablar de lo que no sabe; otros, por el contrario, les conceden un excesivo plus de credibilidad, como si su opinión fuese sagrada e incontrovertible. El caso es que la gente, véanse los sondeos y los resultados constatables, escucha las tertulias y las sigue en televisión. Será porque falta en España un debate político digno de tal nombre, será por la idiosincrasia de quienes habitamos este país, será porque, en el fondo, tienen el mérito de ofrecer opiniones enfrentadas, el caso es que este género periodístico se está convirtiendo, lo es desde hace años ya, en la madre de todos los géneros periodísticos. Lógicamente, a mí, que me desempeño como tertuliano, me parece bien, en principio, esta proliferación de tertulias, aunque advirtamos que también se muere de éxito. Parece bueno que se contrasten pareceres por parte de gentes que llevan muchos años observando, desde el periodismo, lo que ocurre, y analizándolo y narrándolo. Y no parece mal, en principio, que los medios audiovisuales se vean forzados a admitir, aunque a veces sea a regañadientes, a gentes de todo pelaje y color, para animar las tertulias y que no sean monocordes, como algunas veces ha venido ocurriendo. Y, desde luego, no soy yo quién para entrar a criticar los criterios de selección de los tertulianos en cada uno de los medios; ahí se impondrá, a medio plazo, la ley de la oferta y la demanda sobre las conveniencias y las alianzas tácticas y estratégicas. Es el caso que las tertulias, que de tan mala prensa sufrían hace apenas un par de temporadas, ahora dan cabida generosa incluso a los peores críticos de las tertulias. Y no falta ya quien diga que puede que este género sea una manera de superar la frialdad, amaneramiento, servicio de intereses y sectarismo en el que a veces caen ciertos medios y estilos más tradicionales de información. Así que hemos llegado a una fase en la que el tertulianos, al poder, o, al menos, al poder de las ondas, se va a convertir, en este mundo en el que tanto valen los fabricantes de opinión, en una realidad tangible. Confiemos, en todo caso, en no exacerbar tanto las cosas que lleguemos a la dictadura del tertulianado. Porque ni los oyentes ni los propios tertulianos, o sus jefes en radios y teles, pueden perder de vista que, al final, no deja de ser un género periodístico más, subjetivo por principio. Lo que ocurre es que, contra todas las previsiones, ya se ve que, guste a algunos más o menos, está en alza.

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