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MANUEL ALCÁNTARA
León

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LA VIDA está llena de dificultades y está muy bien allanar algunas. Los juicios rápidos en materia civil permitirán que los españoles que lo deseen puedan divorciarse a alta velocidad. Lo que Dios ha unido podrá separarse en diez días. El proyecto de ley omite las soluciones para la custodia compartida y la participación de los menores en los juicios, pero tiene la ventaja de no impacientar a los cónyuges, que se verán libres del yugo en un santiamén, aunque se hayan casado por la Iglesia. Sólo aprecio un fallo en esta admirable plusmarca, que nos hará acreedores de la Medalla de Oro en la Olimpiada de las rupturas matrimoniales: algunas parejas podrán confundir una bronca, de esas que amenizan tanto la convivencia, con una incompatibilidad absoluta. Hay que distinguir entre los disgustos y las contrariedades. Estas últimas son más difíciles de evitar. En cambio, los disgustos serios son soslayables: si alguien te quiere dar alguno basta con no cogerlo y decirle «déjelo usted ahí, que ya vendré por él». Está bien que cualquier pareja haga algunas cosas en caliente, pero no todas. Groucho Marx decía siempre que no es la política, sino el matrimonio, el que hace extraños compañeros de cama, pero acaso no sea necesaria tanta urgencia en determinados casos. Habrá parejas que se separen porque no aparece el peine y uno le dice al otro que nunca sabe dónde deja las cosas. Por ahí puede empezar y luego se va liando, pero las peleas en la corta distancia son imprescindibles para que haya reconciliaciones. Además, está demostrado estadísticamente que los matrimonios que no tienen ni un sí ni un no, se aburren más. Hay que discutir, pero no hasta el grado de caer en la mezquindad de querer llevar razón. -¿Qué prefieres por tu cumpleaños: tortitas de nata o que guarde silencio? Siempre hay donde elegir. Debiera exigirse una ratificación, pasado un tiempo, hasta que se calmen los desánimos. A veces, la esperanza triunfa sobre la experiencia.

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