EN EL FILO
El cuento de la buena pipa
BUSH ESTÁ enfadado con Zapatero, y eso no es bueno para nuestra política exterior. A ese problema se añade la iracundia del PP contra el ministro Moratinos, quien ha llegado a decir en su hora más tonta que Aznar había apoyado la intentona golpista del año 2002 contra Chávez, presidente de Venezuela. Y por si fuera poco, los alardes de autoestima que Chávez («el coronel Chávez», para Rajoy) ha realizado durante su larga visita oficial a España han creado incomodidad a La Moncloa. La exhuberancia verbal del líder caribeño resulta excesiva en estas zonas más bien de secano, donde a muchos les daría grima recibir el premio Gadafi de Derechos Humanos, concedido a Chávez como ocasión de su visita a Trípoli. El problema más visible al que ha de enfrentarse la diplomacia española y, por supuesto, el Gobierno español es el de las deterioradas relaciones con Estados Unidos. De ahí la importancia que se ha dado al encuentro de los Reyes de España con el presidente Bush en su rancho tejano. Ayer regresaron Sus Majestades a Madrid, muy de mañana, tras nueve días en América, realizando un trayecto de Sur a Norte, y a su última escala en la residencia campestre de Bush se le supone un oportuno contenido político. Tanto el Gobierno socialista como medios empresariales esperan que la inteligente campechanía de don Juan Carlos haya suavizado la corteza rencorosa del presidente norteamericano. Como todas las semanas mantiene el Rey con Zapatero (igual que con los presidentes anteriores) un despacho de trabajo, es el jefe del Ejecutivo quien primero se ha enterado de cómo resultó la entrevista en el rancho de Tejas. Zapatero sueña con un reblandecimiento de Bush, y es posible que el Rey lo haya conseguido, pero con un esfuerzo que podría calificarse de sobrehumano, pues mientras se celebraba el encuentro informal en el rancho de Tejas, daba Chávez los últimos coletazos a su visita oficial a España, sin preocuparse por ser, entre todos los líderes latinoamericanos, junto a Castro, al que más aversión tendría Washington. Lo de Moratinos va para largo y parece ya el clavo por el que se perdió una batalla. Ángel Acebes daba ayer por suspendidas las relaciones del PP con el Gobierno si éste no rectifica «pública e institucionalmente» las declaraciones del ministro. Sólo se mantendría el PP ligado al Pacto Antiterrorista y al normal funcionamiento de las instituciones, lo cual indicaría que el pacto por la Justicia es de momento papel mojado (lo ha sido siempre) y el acuerdo contra el transfuguismo, sellado hace seis años a instancias del PP por doce partidos, el PSOE entre ellos, no va a impedir que dos tránsfugas de un partido regional leonés quiten la alcaldía al actual alcalde socialista y se la entreguen a uno popular, el mismo de la anterior legislatura. A Moratinos lo apoya la dirección socialista, pero criticándole, y el hombre, dentro ya de la chocolatera puesta al fuego, se va dando cuenta del lío que ha armado, cuestión de honor para el PP y de orgullo para el PSOE, dispuesto, según sus portavoces, a «llegar hasta el final» si el PP no se calmase. Pero estas cosas no tienen final, como el cuento de la buena pipa, que se repite indefinidamente a sí mismo y produce vergüenza a quien lo cuenta y a quien lo escucha.