León, la más limpia
Conocí a Ricardo al poco de mi llegada a León, él fue la mano amiga tendida en medio de la adversidad. Ya cargado de conocimientos y de experiencia, desempeñaba la forensía del juzgado número uno, cuando vine destinado al número dos. Lejos de adoptar la actitud del perdonavidas prepotente, cosa que otros muchísismos hubieren hecho en similar circunstancia, se portó conmigo con gran afabilidad y muy dispuesto a aprender «los últimos adelantos», de los que me suponía conocedor. Esta actitud, propia exclusivamente de los grandes sabios que en el mundo han sido, demuestra hasta qué punto era un hombre humilde, hasta qué punto era un hombre sabio. Ricardo Tascón, mi amigo y maestro, murió el día 11 de de enero. En su esquela, bajo su nombre, sólo una palabra: Médico. Es una forma muy escueta, sobria elegante y humilde de expresar lo que era. Exacto reflejo de su personalidad. Médico es lo que era de la manera más propia que puede ser: para curar enfermos por todos los medios. Ejercía la medicina nacida del «¿qué hacer?» ante el enfermo, del deseo de remediar, la esencia misma de la que nace la ciencia médica según Ortega. Es cierto: Ricardo Tascón era, además, un gran científico, capaz de curar con sus conocimientos médicos o de descubrir la oculta pista que conduce al asesino. Yo lo conocía bien y de él aprendí mu chísim o y no sólo Medicina Legal. Tenía un gran ojo clínico: eso que los que no lo tienen dicen que no existe; y tenía también el deseo de curar por encima de todo. No, no era un médico de protocolos ni consensos, era un sabio (esto lo sabemos quienes le conocimos), que aplicaba cuanto sabía para curar. Eso es ser médico. Trabajaba lo indecible y la fe de sus pacientes en su quehacer no desmerecía en absoluto a sus imponentes méritos; de modo que curaba a muchísima gente. ¡Naturalmente que curaba! Él era realmente lo que todo estudiante vocacional de Medicina desea ser y, lo que, cuando yo llegue a viejo, desearía haber sido. Pero, sobre todo, y como es lógico, en alguien cuyo deseo fundamental es curar, era una gran persona. Era bueno en el mejor sentido, no sólo en el buen sentido de la palabra, como decía Antonio Machado, no: en el mejor. Él me envió los primeros enfermos que vi en mi consulta particular. Esos trajeron otros y esos otros y otros. A él se lo debo y se lo agradezco, no sólo por la confianza que depositó en mí como endocrinólogo, sino por el valor de hacerlo en un tiempo en que las cosas en León eran peores que ahora. Suele decirse cuando alguien muere que ha sido una gran pérdida. En este caso es verdad. Lo es a pesar de que ya no ejerciera y de que un infarto cerebral hubiese mermado su capacidad intelectual: dice la neuropsiquiatría que en estas condiciones la personalidad del paciente se caricaturiza; pues bien: en don Ricardo, como le conocen los habitantes de la cuenca del Torío, pacientes suyos en abrumadora mayoría, esa caricatura seguía teniendo un gran valor como ejemplo y como imagen de lo que se debe ser. Así de él puede decirse, parafraseando al poeta portugués, que vivió curando y enseñó viviendo, porque conservó hasta el final su propia personalidad. José Suárez-Lledó Alemany (León). El sábado 29 de enero a las 19:30 horas, en el Auditorio Ciudad de León se levantaba el telón. Noventa minutos de ilusión, nervios, esperanza, infancia y juventud. Previos, meses de intenso trabajo, pero todo merecía la pena, el fin justificaba cada desvelo. Horas antes los colaboradores iban llegando: Elena y Yolanda (soprano y pianista), Amancio Prada (cantautor), Nicolás Arcilla y su equipo (peluqueros) y los niños y jóvenes que -pertenecientes o no a la Fundación Juan Soñador- eran los protagonistas. Gracias a un público totalmente entregado que fue la guinda del pastel, el sabor de boca que nos dejó la tarde fue exquisito. Pero lo mejor estaba por llegar. Su periódico sólo vio en escena a Amancio Prada (a quien reitero nuestro agradecimiento), lo cual me ha llevado a pensar que Paula, Marina, Diego, Minerva, Eva, Paola, Jared, Claudia, Diego, Sara, María, Lucía, Julio, Pablo, Carla, Saly, Olga, Mónica, Aroa, Cinthia, Elena, Ana, Isaura, Nayara, Jessica, Asunción, Ruth, Fernando, Raul, Yair,...¡son invisibles!. Aunque después de pensarlo mejor, creo que dicha virtud la poseen sólo ante aquellos ojos que no quieren ver, a pesar de habernos arropado con su música unos, y llenado de color y sentimiento el escenario otros. Sirvan estas letras de abrazo a cada uno de ellos. Siempre. Isabel Revilla (León). Julio González llama diciendo: «Quiero expresar mi malestar por el hecho de que este año el Colegio San Claudio no haya querido celebrar el carnaval. Se ha prohibido que vayan disfrazados, incluso también se les ha prohibido que cambien cromos o tazos, etcétera, con lo cual el colegio lleva camino de va a convertirse en un cuartel prácticamente». Carlos López (León; edición digital).