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FEDERICO ABASCAL
León

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CON SUS camisas estampadas y el antifaz de esas gafas que protegen del sol, los mafiosos de Marbella se disfrazan de turistas inocentes, se avecinan en un recinto urbano sin limita ciones inmobiliarias y en el que la ilegalidad se siente protegida por algunos jueces de escrupulosidad manifiestamente mejorable. Y por algunos notarios que se enredan en la fe que deben otorgar. Y según insinuaba ayer en la misma Marbella el Fiscal Anticorrupción, Antonio Salinas, con la ayuda funcional de algunos responsables de entidades bancarias. La operación judicial y policial «Ballena Blanca» lanzada contra el crimen organizado en la Costa del Sol viene a ser la respuesta, larga y meticulosamente estudiada, a las denuncias que en los últimos años venían formulando desde la Policía hasta la Fiscalía, pasando por jueces abochornados por la evidencia escasamente perseguida de la expansión mafiosa en varias zonas de España, y por la actitud complaciente de algunos de sus colegas en ciudades sin ley inmobiliaria, como Marbella. Al caer el muro de Berlín sobre las estructuras que lo sostenían quedaron sin misión específica legiones de funcionarios -militares, policías, parapolicías y paramilitares, junto a gran parte de las nóminas del espionaje-. Y, lo que es peor, al perder su misión perdieron el empleo y, con el empleo, el modo más o menos convencional de vivir. Se trata de gente que ejercía sus variados oficios con extremada eficacia y dureza, conocedores además de los dos lados de la ley, por lo que no les resulta difícil vivir a caballo de uno y otro. No todas esas legiones funcionariales se han hecho inopinadamente mafiosas, pero sí una parte de ellas, atraída a España por la permisividad que se les dispensaba inicialmente, por el ambiente de corrupción inmobiliaria que se respiraba en Marbella y en sus alrededores, desde zonas de Fuengirola a cercanías de Sotogrande, y por cómo la ley desaparecía en el epicentro de ese espacio de impunidades bajo la voluntad de un cacique municipal. Estaría la raíz de este fenómeno mafioso en la corrupción inmobiliaria, al atraer para su blanqueo grandes sumas de dinero negro, y en la facilidad, a punto de demostrarse, con que algunos jueces firmaron la decisión indebida o algunos notarios dieron supuestamente fe de lo que no debieron. Y si a ello se unen algunos responsables bancarios, para facilitar el tránsito del dinero opaco por diferentes paraísos fiscales o cuevas de criminales, el gran negocio del «blanqueo» aparece como una consecuencia que podría calificarse de razonable o ineludible, teniendo además al lado el edén de Gibraltar, donde cualquier suma de dinero puede jugar al escondite.

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