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MIGUEL A. VARELA
León

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NO SE HABLA de otra cosa en la ciudad -en las ciudades- más que de estos inmigrantes silenciosos, clónicos e inmortales de los que nada sabemos. Gestionan restaurantes vacíos, bazares llenos de productos inútiles, almacenes que surten a los mercadillos de todo el país (el barrio de Lavapiés, a la caída de la tarde, tiene un trasiego comercial que para sí quisiera la bolsa de Londres) y talleres misteriosos que nos imaginamos sórdidos y fríos como el refugio secreto de Fu-Man-Chu, que de ahí viene toda la estremecedora iconografía popular del peligro amarillo para Occidente. Ha sido el malo que más nos ha quitado el sueño. Nada que ver con el patético hombre lobo, o el pobre Conde Drácula, esclavizado a una dieta repugnante. Fu-Man-Chu es extremadamente inteligente, refinadamente cruel y tiene unas ayudantes sensuales y hermosas. Además, tiene claro su objetivo: dominar el mundo. Y parece que lleva camino de triunfar. Las lógicas denuncias de incumplimientos de la legislación sobre el horario comercial de los establecimientos chinos no son más que la punta de un iceberg del que sólo estamos viendo un diez por ciento de su volumen. Nos lo llevan advirtiendo desde los años sesenta: «cuando China despierte...». Y el gigante se está despertando a velocidad de vértigo, amparado en un sistema que ha conseguido cuadrar el círculo: férreo control político amparado en el esquema comunista y ultraliberalismo en lo económico levantando sobre una enorme masa de mano de obra sin el más mínimo control sindical. Eso es una bomba social, económica y medioambiental que ni siquiera al terrorífico Fu-Man-Chu se la había ocurrido.

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