EL BALCÓN DEL PUEBLO
Miserere universal
REABRO de nuevo, de par en par, los cuarterones del balcón. Bienhallados todos. Ha llovido con intensidad durante los últimos días para bendecir las sementeras. Y para decorar un miserere universal. Ha muerto el Papa Juan Pablo II, de 84 años de edad y al que la Iglesia ya ha concedido el título de El Grande. Es la antesala de la canonización. Un Papa que ha ejercido su Pontificado durante más de veintiséis años y por el que ha entonado el réquiem el mundo entero: Desde George Buhs, a Fidel Castro; desde los jefes de Estado de Europa, a los de otros continentes. Desde budistas, judíos, musulmanes, protestantes, agnósticos y ateos, a organizaciones totalitarias y en lucha armada. El polaco Carol Wojtyla, heredero de Pedro, era el jefe del Estado más pequeño del mundo, pero el que ha recogido -está recogiendo- el más grandioso reconocimiento jamás conocido. Las banderas ondean a media asta en todos los centros de poder y las campanas tocan a muerto. La muerte anida siempre en las campanas. Como la vida. Sólo sus tañidos diferencian los aleluyas de los lamentos. Juan Pablo II ha ejercido como Sumo Pontífice de la Iglesia durante más de un cuarto de siglo. Un mandato prolongado en el tiempo y muy rico en lo social y espiritual. Un Pontificado de tanta dimensión exige a la Historia un análisis sereno, reposado y hasta científico en lo teológico, político y humano. Fue, sin duda alguna, el Papa más viajero. Un apóstol realmente incansable, infatigable. Hay quien sustenta la conmoción mundial por su fallecimiento en que fue el Papa mediático por excelencia. Un argumento simple. Otros en que su agonía televisada y su capacidad de sufrimiento ha rubricado en las almas y conciencias una especie de compasión universal. Aunque sean las dos aristas ciertas, existen otras de más grandeza. No es baladí la política. Karol Wojtyla sufrió en su Polonia natal la agresión ideológica desmedida del nazismo y del comunismo. Bajo los dos totalitarismos estuvo, al igual que los primeros apóstoles, en la sinagoga. En la penumbra. No es de extrañar que, una vez sentado en el trono de Pedro, se convirtiera en el gran líder en defensa de la libertad. Los vientos de libertad que soplaron sobre Europa a finales del siglo XX no hubieran acariciado la dignidad del hombre sin Carol Wojtyla y sin Mijail Gorbachov. No soy creyente a pies juntillas. Me cuesta admitir que Dios y su Pastor en la tierra, a veces, se muestran injustos para parecer más justos. Cuesta, cómo no, si hasta los teólogos más sesudos lo padecen, asumir la intolerancia contra la ciencia, la felicidad o la transmisión de enfermedades. Es el otro panel del Vaticano. Lo que parece unánime es que ha dejado una herencia de amor y de fe. Y también de esperanza. La riada de jóvenes, unidas sus manos, cantando, con lágrimas puestas puntillas sobre sus caras, invita a la esperanza. Son chicos/as que sólo han conocido a este Papa, al polaco Carol Wojtyla, que se fue con 84 años, ante la unanimidad universal, ejerciendo un magnetismo no conocido hasta ahora. Sigue cayendo la lluvia que bendice y hacia Roma han comenzado a mirar todos los caminos.