BURRO AMENAZADO
Mosca aristocrática
LA DESVEDA de la trucha ha llenado de cañistas los ríos de León, a pesar del conocido declive de nuestras pintonas, provocado por la contaminación, el descuaje de riberas, la artificialización de cauces -pura escollera- y la sobrepesca, con el cormorán grande como ave expiatoria a la que cargamos el muerto. Las orillas muestran castas entre los deportistas y la élite nobiliaria se la asignan unos cuantos fantasmas, practicantes del látigo y la mosca seca. Su jerga emula el léxico de entomólogos y bañan en el piélago imitaciones de insectos acuáticos bautizadas con latinos apodos de Baetis, Caenis o Ecdyonurus, en vez de hablar de pardones, saltonas, efímeras o moscas de la carne. Despliegan carísimas varas de grafito, gafas de diseño californiano, vadeadores de neopreno, gorras de guais y un notable desprecio hacia el plebeyo que corretea el cascajal con boina, caña de cucharilla o vulgar varal del que pende una lamentable moruca. Patean las raseras para colocarse en el centro de la corriente, no con el sigilo de la garza sino con el mugido de los bueyes de Eulen aparcados en Camposolillo, inmunes al respeto a la delicadeza biológica del rabión. Exagero y debo comentar que de asociaciones concienciadas, caso de AEMS, han partido ideas como la de pesca sin muerte y apadrinar tramos fluviales para velar por su conservación. Me considero un pescador paleto, aldeano, que combina tentar alguna trucha o reo ( este último, en cotos de Galicia) con episodios declarados deplorables por los príncipes de la seca: sacar la caña larga y el corcho y engañar alguna tenca en las mangas del Órbigo: esperar a fondo la picada de la carpa, al maíz cocido, en el embalse de Antoñán del Valle; ir con pez de vinilo a buscar lucios en los remansos de Benamariel; e incluso, sacar grandes barbos, a ninfa, en Puente Castro, contemplado por las miradas curiosas de las nínfulas del Latin Lover, que esperan la picada una vez anochecido.