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MANUEL ALCÁNTARA
León

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HAY QUE facilitar la entrada. ¿Cómo cerrar puertas en un país cuya primer industria es el turismo? España vive en gran parte de la gente que viene a vernos, pero el problema empieza cuando alguna de esa gente quiere quedarse para seguir viéndola. No nos dejan escoger entre los turistas provistos de cámaras fotográficas para perpetuar nuestros grandes monumentos y los inmigrantes que llegan con un hambre monumental. Para solucionar la ardua cuestión, el Gobierno quiere abrir las puertas a los inmigrantes, que podrían lograr los ansiados papeles con sus propias órdenes de expulsión. Nunca había estado tan alta nuestra hospitalidad. ¡Pasen, señores, pasen! A los que digan que aquí no caben todos los que deseen venir, ni caso. Son unos egoístas. El eminente demógrafo señor Caldera traspasará a los ayuntamientos el conflicto. Serán éstos los que deberán incluirlos en el padrón sólo con un documento que acredite que llevan aquí una buena temporada trabajando en las labores que rehúsan los nativos. Hay quien dice que la generosa medida va a provocar eso que se conoce como «efecto llamada», que por cierto es algo que sólo oyen los pobres, pero a los que así piensen basta con llamarles «xenófobos», que está muy mal visto. Los políticos que alardean de bondad no son políticos. Nunca la piedad ha sido una cualidad imprescindible para ejercer esa desalmada y necesaria profesión, ya que lo que puede ser bueno para unos resulta catastrófico para otros. Ese cruel juego de elecciones explica por qué sólo se dedican al terrible oficio determinadas personas. ¿A qué españoles, con un corazón normalmente instalado en el eventual pecho, no le gustaría acoger a los que vienen en pateras a trabajar con nosotros y por nosotros? Pero ¿qué compatriota con la cabeza en su sitio puede ignorar que no hay un sitio para cada uno de ellos? La buena voluntad, quizá por fortuna, abunda más que la inteligencia.

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