Diario de León
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FABIÁN ESTAPÉ
León

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HACE MÁS de un año resido en León y no he dejado de darme con un canto en los dientes porque -en mis circunstancias- no cabía elección mejor. Tan prolongada estancia, aun cuando se trate solamente de una primera etapa, me ha facilitado un mayor conocimiento de lo que aquí pasa. Hace muchos años. José Ortega y Gasset, apesadumbrado por las postrimerías de la Restauración de Alfonso XII, el llorado hijo de Isabel II, decía que «los españoles no saben lo que nos pasa y eso es lo que nos pasa». Algo así me parece intuir en el malestar creciente de unas provincias, que bolígrafo en mano, dicen que quisieron restablecer los vestigios del antiguo Reino de León; ejemplos hay en la Historia, no tan lejana de las uniones en frío: la del Imperio Austro-Húngaro era una de ellas, como decía Schumpeter, austriaco al fin y al cabo, que en Viena se tomaban las decisiones y en Budapest se quejaban, y a veces violentamente como pudo comprobar el hijo de Sissi. En nuestro caso -el de León, Zamora y Salamanca- se está desarrollando una actitud casi paranoica. Ante cualquier proyecto industrial, en una zona que carece de industrias modernas suele analizarse «el qué», qué va a hacerse y cuántos puestos de trabajos se crearan; ello es muy importante si se recuerda que León (estadísticas del INE las más fiables) es la provincia que ocupa el primer lugar entre las cincuenta que han sufrido mayor despoblación. Pero muy pronto se pasa al «quién». Y si el quién procede del adversario -singularmente del presidente del Gobierno actual, Rodríguez Zapatero- entonces se disparan todas las flechas del carcaj; así, he leído con estupor que se devalúa la incidencia de la inversión de Inteco atendiendo al carácter de empresa privada de Telefónica; no crean, después de hacer trabajado en la planificación indicativa para el III Plan de Desarrollo, que pueden desestimarse las inversiones orientadas por el Ejecutivo. Pero, lo malo no es la inversión -sería estúpido desestimarla- sino apuntar a que las promesas enunciadas son «humo». A veces, y no sin una pizca de maldad siente uno la tentación de preguntar qué se hizo, en tiempos de mayoría absoluta, de la tan prometida «Escuela de Pilotos». Conviene restaurar la seriedad y una seriedad serena porque las inversiones, tan necesarias, han de proceder de la inversión privada, la extranjera si es posible, la del Gobierno central, la de la comunidad autónoma y la municipal. Cualquier otra actitud -esa tan miserable del «más eres tú»- constituiría un quebranto del presente y futuro de unas gentes y unas tierras que en otros tiempos han provocado la admiración de propios y extraños. Exijamos el «qué» a todos los responsables del «quién».

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